Mi esposa me engañaba


Mi esposa es como muchas esposas maduras, gordita, con defectos, sin carnes super firmes, pues es madre de tres hijos y tiene casi cincuenta. Pero es mujer y siente y puede hacer sentir. Así que esta historia, puede ser una historia que le puede suceder a cualquiera y cualquiera puede si quiere, disfrutarla o sufrirla.

Era ya algo tarde, las nubes de lluvia que se alejaban, le daban a esa hora del día, un aire de melancolía y el olor a lluvia llenaba todos los rincones de las casa. Cuando llegué, no llegué haciendo ningún ruido, no por algún motivo en especial, sino porque estaba tan ensimismado en mis asuntos, que no hice el menor ruido. Todavía se oían de vez en cuando, los imponentes truenos de los rayos que en algún lugar no muy lejano, acompañaban a la tormenta.

Desde que mis hijos se fueron de casa, el silencio que impera en ella me aterroriza y me llena de nostalgia por aquellas risas y conversaciones ausentes. Pero en aquel silencio, un pequeño ruido como jadeos opacados y respiraciones profundas, se distinguían claramente, aunque muy callados. Caminé a donde escuchaba aquel murmullo y llegué hasta nuestra habitación y allí estaba el motivo del ruido. Mi esposa tenía visita, yo no sabía de su aventura y ella no se dio cuenta que la observaba disfrutando con aquel desconocido para mí. Mi corazón casi se escapaba de su lugar y sentí como que las piernas no me respondían y reí caer. No sabía qué hacer, por un momento, la rabia invadió mi mente y quería matarlos, pero poco a poco la situación se fue transformando en algo casi placentero. ¡Ver a mi esposa teniendo sexo en mi cama! Eso era una situación que había fantaseado hacía unos años, pero nunca se dio, porque mi esposa decía que ella no podía tener sexo con otro que no fuera yo… ¡Ja!… ¡no será! Pero allí estaba de perrito y disfrutando de las envestidas que el tipo le daba.

Decidí no hacer evidente mi presencia y en silencio observe desde la penumbra del corredor y a través de la rendija de la puerta, como se cogían a mi mujer, la que hasta hace unos segundos, creía fiel y pura. La sesión duró unos veinte minutos en los cuales ella no dejo de jadear y pedir en vos muy queda, como queriendo no dar evidencia de su infidelidad, que se la metiera más duro. El tipo no era mejor parecido que yo y no más dotado, era en términos generales un tipo normal. Alguien como cualquiera y sin embargo, ella estaba disfrutando como loca aquella chimada que le estaba metiendo el tipo ese. De pronto ella le ordenó, que le diera más duro y empezó a gemir y para evitar el ruido, se cubría la boca con la almohada, mientras pedía a gritos casi inaudibles por la almohada, que le metiera la verga, sí, así mismo, “meteme la verga”, le gritaba. ¡Qué cosas! Yo siempre le pedí que me dijera esas cosas y nunca se atrevió, pero a él, se lo ordenaba a grito tendido.

Ella se vino y mientras se venía, el tipo también se vino dentro de ella, quedando los dos exhaustos acostados en la cama y en eso me di cuenta que el tipo no usaba condón. Me impactó el hecho de que mi mujer estuviera con otro y aún más que lo hiciera sin protección. Mientras ellos se tendieron en la cama, yo regresé a la puerta de entrada y abrí la puerta tratando de hacer el suficiente ruido, para hacer evidente mi presencia. ¡Ya vine mi amor! Dije, para que ella se diera cuenta que ya estaba allí. Caminé a mi cuarto y entré, el tipo ya no estaba, solo ella estaba en la cama, debajo de las sabanas. ¿Qué hacés en la cama? Le pregunte y se quedo como muda, solo balbuceo algo ininteligible que por supuesto no pude comprender y aunque ella agarraba las sabanas con fuerza, las jalé y estaba desnuda. –¿Qué hacés desnuda?– le pregunté y otra vez, se quedo como muda, no sabía que decir y se le notaba en su actuar muchísimos nervios. –¡Ah ya se! Estabas con tu amante y por eso estás desnuda en la cama…– ella palideció y me vio con una mirada de culpabilidad. –Jajajajaja, no te enojés—dije, fingiendo que confundía esa cara de culpabilidad con una cara de enojo, –solo estaba bromeando. Yo se que sos incapaz de hacer algo así.– –¿No han llamado los muchachos?– le pregunté y ella todavía no sabía que contesta y me dijo que no habían llamado, pero con una tremenda cara de susto y alivio de ver que lo había tomado a broma. Luego de todo eso, le pedí que fuéramos al comedor, que ya me moría del hambre y que le iba a hacer unos espaguetis. Ella se vistió y cuando llego a la cocina, ya su rostro estaba cambiado y otra vez era la mujer alegre que siempre había sido.

Empezamos a hacer la pasta, yo me dedique a hacer la salsa y ella puso los fideos a hervir. Cuando por fin salieron los fideos, me dijo que en lo que salía la salsa, se iba a dar una ducha. Se fue al baño y yo terminé de hacer la salsa, serví el espagueti y la llamé. Llegó radiante, con un olor a recién bañada y el pelo húmedo, con una sonrisa en la cara y se acerco a mi silla y me dio un beso y me dijo al oído, –te amo, nunca voy a engañarte, no podría estar con otro en la cama– ¡Que mentirosa! Hice como que le creí y le di un beso en la boca y aproveche a meterle la mano entre las piernas. Ella se rió de mi travesura y se sentó a comer. La cena transcurrió muy amena y entre risas, anécdotas y recuerdos, terminamos de comer, lavamos los platos y nos fuimos a la cama. Yo entre al baño a darme una ducha y luego regresé a la cama. Ella se juntó a mí y me abrazó de una manera muy tierna. La noche se terminó y la luz del sol, se colaba por entre las cortinas. Toqué a mi lado y ella no estaba. Muchas veces había ocurrido esto y nunca había pensado mal, así que me levanté muy lento y fui a donde estaba. Estaba en la cocina, la pude ver a través de los vidrios de la puerta, pero ella no me vio, pues estaba de espaldas a mí. Estaba con la computadora encendida y pude ver que se chateaba con alguien, pero no pude ver con quien era. Me fui al cuarto y la llame como siempre hacía cuando no la encontraba a mi lado. Ella llegó y le pedí que me fuera a comprar harina de panqueques al super, ella no quería, pero le insistí y le dije que le iba a hacer el desayuno. La idea era mandarla a hacer algo lejos, para que me diera tiempo de revisar su computadora.

Estuve atrás de ella todo el tiempo y no dejé que se acercara a la compu y borrara los datos. Salió de la casa y yo empecé a revisar su computadora y allí estaba el chat que estaba sosteniendo. Era con el mismo tipo de la noche, que le preguntaba que como le había ido conmigo, ella le comentó que bien y que no sospechaba nada. Ella le preguntó como había hecho para salir de la casa y él le dijo que había tenido que saltar la cerca para que no lo viera yo, pero que al salir la vecina lo vio y que ojalá no tuviera ningún problema. Quedaron de volverlo a hacer otra vez, ella le mencionó lo rico que le hacía el amor, pero que seguía estando enamorada de mi y que no fuera a creer que lo que ella sentía era como para tener una relación estable, que era más bien una aventura que estaba disfrutando mucho, y solo era puro sexo. Me di cuenta que el facebook que ella estaba usando, no era el que yo conocía, sino otro en donde se hacía llamara “la Silver”, así le decía yo, cuando se excitaba o se ponía muy sexi, cosa que era muy poco común. Tenía fotos de ella con ropas muy sensuales, fotos de sus pechos en blusas escotadas o transparente, fotos en minifalda y bueno, todo lo contrario a lo que me había convencido que era. Aunque ya no es una mujer joven y su cuerpo es el de una cincuentona y gordita, tenía muchos seguidores, la mayoría maduros, unos de treinta y tantos y algunos jóvenes, a lo mejor de bachillerato, que le ponían comentarios pasados de tono, a los que ella respondía de forma picara y sensual. La puerta se abrió y mi mujer traía lo que le pedí del super.

La computadora, la dejé tal y como la encontré y mientras desayunábamos le pregunté que qué hacía en la compu tan temprano. Me dijo que estaba jugando un juego virtual en línea, que se trata algo así como de crear una granja y… bueno, que tenía que superar unas pruebas y por eso estaba tan temprano en internet. Ya no hice más preguntas y traté de que la rutina matutina fuera la misa de siempre. Antes de salir de la casa, le dije que me acompañara a la sala y ya allí, empecé a acariciarla, pero aunque la imagen de mi mujer en cuatro mientras otro le daba por detrás no se me quitaba de la cabeza, me pude excitar lo suficiente para darle una cogida matutina. Si he de ser sincero, creo que esa imagen en mi mente, fue la que hizo que disfrutara como loco el cogerme a mi esposa. Cuando llegue a venirme, lo hice tan fuerte y profundo, que ella se estremeció debajo de mi cuerpo y la hice tener un orgasmo. Luego, al levantarnos del sofá donde estábamos, vestirnos e ir cada quien a sus labores, mi mente no podía entender, como era que ella podía disfrutar de tener sexo conmigo y con él. –Tengo la fantasía de verte teniendo sexo con otros…– le dije antes de salir de la casa, ella me vio y con una voz firme me dijo, –eso nunca lo haría, no podría tener sexo con ninguno que no fueras vos– –Siii, siii—dije en mi mente –como no–.

El día pasó increíblemente rápido, la imagen de mi esposa siendo cogida por alguien más y el esfuerzo de ella por ocultarlo y dar la apariencia de una fiel esposa, me tenía increíblemente excitado. Todo el día me pasé como quinceañero calenturiento, tanto que hasta me dolía el pene de tanto tiempo de estar duro. Quería tener a mi mujer cerca y darle una cogida espectacular, pero además de eso, quería saber qué hacer, para verla teniendo sexo otra vez, pero ahora con otros. Quería de alguna manera quitarle la máscara y a lo mejor por venganza o quien sabe por qué, hacerla tener sexo con tantos hombre como fuera posible, sin que ella se diera cuenta que era yo el que lo propiciaba y verla convertirse en puta. No precisamente convertirse en una prostituta de esas que cobran y viven de eso, no, sino quitarle la máscara y que me confesara que no era una mujer decente y aceptara que le gusta que se la cojan. Tampoco quería humillarla o insultarla, solo quería verla y que al final se diera cuenta que la había estado viendo todo el tiempo y que agarrara confianza para seguir permitiendo que se la cojan y que yo siguiera disfrutando el espectáculo y el morbo que verla coger me da.

Cuando llegué a la casa esa tarde, me tenía preparada una cena espectacular. Cordero horneado, puré de papas, vino tinto y velas en la mesa. –¿Que celebramos?— le pregunté y me dijo que qué bárbaro era, pues se me había olvidado nuestro aniversario. ¡Aaaah, si pues! Era nuestro aniversario y ni me recordaba. Le pedí disculpas y le dije que la iba a recompensarla, que después de la cena le iba a dar una sorpresa. Comimos muy románticamente y justo al terminar la cena, le dije que se pusiera aquella ropa que le había comprado hace un año, una falda muy corta, tacones muy altos y una blusa negra transparente. Ella decía que no le gustaba esa ropa, pues la hacía ver como prostituta, pero no sabía que de ese día en adelante, tenía la intención de que pareciera precisamente eso. Esa vez no fue la excepció y me dijo –¡No! Esa ropa no me la pongo, voy a parecer prostituta.– –Eso quiero—le dije y ella se enfureció. Siempre que le pedí, que se vistiera así, o que tratara de experimentar cosas como exhibirse en el carro o masturbarla en un cine, ella se ponía enojada y me hacia sentir que la estaba obligando a hacer algo que no queiria y hacia las cosas como para hacerme sentir culpable. Pero esta vez no me importó y le dije que quería que se pusiera esa ropa y que si me quería que se la pusiera. Muy brava, aceptó ponerse la ropa y la llevé a una discoteca. Ya allí, como que la furia que estaba aparentando se le comenzó a escapar y ya más animada, me dijo que bailara con ella. Yo no sé bailar, pero decidí que si quería lograr mi propósito, no debía contrariarla. Comenzamos a bailar en aquel ambiente bullicioso, medio oscuro y con estelas de humo de cigarrillos, que opacaban la poca luz que había y un joven la miraba disimulado, pero como queriendo hacerle el amor con los ojos. Bailamos dos muy movidas y alegres y luego vino una muy tranquila y mi esposa se abrazó a mí y empezó a moverse lentamente al compás de aquel ritmo romántico. Con un movimiento de dedos, le desabroché el sostén y ella no pareció molestarle mucho, así que comencé a intentar sacarle el sostén para que sus pechos quedaran casi expuestos por lo transparente de la blusa. Ella protestó y otra vez se hizo la enojada. Ella misma se quito el sostén, me lo puso dentro del bolsillo de mi pantalón, se fue a sentar y muy enojada me dijo –¿Satisfecho?–. Le dije que disculpara y que iba al baño. Cuando llegué al baño, una chispa de arrepentimiento me estaba haciendo estragos en la mente.

Al salir, decidí que ya no iba a hacer que hiciera nada más y le iba a decir que nos fuéramos a la casa. Pero al nomás llegar a la mesa, me vio con unos ojos que si hubieran tenido balas, me mata. ¿¡Cómo era posible que ella se enfadara tanto conmigo por eso, cuando ella le estaba dando las nalgas a un extraño a mis espaldas!? Eso me puso furioso y le dije –esperáme, solo voy a ver cómo está el carro.– Cuando salí de la disco, yo estaba que no quería ni que me hablaran. De pronto vi a ese muchacho algo fornido, de unos veintiún años a lo sumo, el cual, era quien veía a mi mujer cuando estaba bailando conmigo. Me acerqué a él y le comencé a hablar. Le pregunté si se acordaba de mi, que yo era el que estaba bailando con la señora a la que el miraba con ganas de comérsela. El se disculpó, pensando que yo quería hacerle algún daño y le dije que no se preocupara, que no le quería hacer nada malo. Le pregunté que si le gustaba la señora y el dijo que sí –¿y por qué? Pero se sincero– le dije y el dijo –es que esta muy bonita a pesar de su edad– –jajajajaja, no mano, que seás sincero te dije, decíme…¿Por qué te gusta mi vieja, si podía ser tu madre?—y él respondió ya con más confianza –Es que aunque esta vieja y un poco gorda, tiene un cuerpo que dan ganas de montarla y tiene unas chiches que dan ganas de estar chupándoselas todo el día—. –Ok, ok…te gusta, ¿verdad?– –Si– contestó. –Muy bien, mirá: ahorita la dejé en la mesa donde estábamos, andá allá e invitála a bailar. Esto es de ella…– le dije y le di el brasier, –Si le podés quitar lo de más me avisás– el muchacho se quedo sorprendido y me preguntó –¿Cómo así?– –Si, te reto a ver si podes cogerte a mi esposa en la pista de baile–

El muchacho no podía creerlo, pero al final aceptó y entró a la disco muy entusiasmado. Sin que él muchacho se diera cuenta, yo lo seguí y vi como se acercó a mi mujer y ella ni coco le puso, así que me metí a los baños de la discoteca y la llamé y le dije que ya me había ido y que ella llegara a la casa como pudiera. Eso indudablemente la iba a poner furiosa y precisamente fue lo que sucedió. Se molestó tanto y como el muchacho seguía insistiendo hablar con ella, de furia que tenía, le empezó a hablar y luego de unos minutos, ya estaban entrando en confianza. Él la invitó a bailar y ella aceptó. En aquel bullicio y alboroto de cuerpos contoneándose con la música estridente, no muchos se daban cuenta de cómo estaban vestidos los demás, pero mi mujer se veía exuberante con las tetas libres en aquella blusa que casi los dejaba al aire y el muchacho la estaba disfrutando y comiéndoselos con los ojos.

Cuando llego la música tranquila, ella quiso seguir bailando, el muchacho por supuesto no se negó y cuando sonó la segunda canción, ya le tenía las manos en las nalgas y trataba de quitarle el calzón, pero ella se oponía no con mucha resistencia, sino más bien como jugando con el chico. Poco a poco la llevo hasta la parte más oscura del salón. Donde había una pequeña baranda de madera, que les cortó el paso. Ella se atrancó en la baranda, mientras el muchacho le bajaba el calzón a las rodillas. Cuando el calzón estuvo en las rodillas de mi mujer, ella misma se lo termino de sacar y lo guardo en su bolso al regresar a la mesa. El muchacho, empezó a agarrar confianza y se sentó muy pegado a mi esposa y principió a acariciarle las piernas.

Ella por su parte, se dejaba hacer sin ningún reparo lo que el muchacho quería. La música sonaba otra vez como batallón de tanques en plena batalla y el joven ya le tenía la mano metida entre las piernas. Con mi celular quise sacarle algunas fotos, pues se veía tan sexi con las piernas abiertas y el muchacho metiéndole la mano, pero salieron muy borrosas. Todavía guardo unas de ellas en una usb, aunque la verdad no se puede ver muy bien lo que quería captar. Yo veía a mi mujer y estaba observando su rostro. Tenía esa cara que pone, cuando ya casi está por llegar al orgasmo, los ojos entreabiertos, la boca enseñando los dientes y con la lengua tocándose el labio superior. De pronto, apartó al muchacho y cerro las piernas, se levanto y jaló a su pareja de baile a la pista. La música moderna me desagrada un poco, pues no entiendo nada de ella. Solo se oyen tambores y ritmos, que al parecer enloquecen la mente de la gente que la baila.

El joven llevo a mi esposa hasta la baranda que estaba en lo más oscuro del salón y ella se puso de espaldas y le ponía las nalgas frente a él. Él por su parte se pegaba a ella y le subía de a poco aquella pequeña falda que me encantaba, pues dejaba verle las piernas y le daban un toque muy sensual. Vi como aquel muchacho la agarraba de la cintura y en círculos, movía su cintura contra las nalgas de mi esposa. Se bajó la bragueta y mientras bailaban en aquella semi oscuridad, se sacó el pene y se lo metió de un solo. Ella se sostuvo de la baranda con ambas manos, como quien se sostiene de algo cuando siente que se va a caer. La música seguía y el cuate ya tenía a mi mujer bien ensartada y parecía que ya no les importaba nada. Sus movimientos que hasta hacia poco eran acompasados a la música, ya no les importaba el compás ni el ritmo y se producían de un modo frenético, mientras los demás absortos en el baile, no se daban cuenta de la gran chimada que le estaban metiendo a mi mujer. Los gemidos y jadeos que salían de su boca, no se podían oír por el escándalo de la música, pero tantas veces había cogido a aquella mujer, que no necesitaba escucharla para oír sus gritos de placer y sus gemido. El muchacho le subió la blusa, hasta dejar que sus pechos se bambolearan a sus anchas al aire libre y con sus manos inexpertas, le estrujaba las chiches con tal fuerza, que supuse que le iba a dejar moretones. Vi el rostro de mi esposa y ya no aguantaba más, iba a tener un orgasmo, sus caderas se movían tratando de introducirse el pene y no dejar ni un centímetro sin ser metido y el muchacho le daba con fuerza a lo que ella respondía con gemidos apagados por la música.

El rostro de mi esposa explotó y deduje con certeza, que había llegado al orgasmo, aunque al parecer el muchachito no pudo venirse, así que ella siguió moviendo sus enormes y sensuales caderas de una forma poderosa, introduciéndose aquel pene, para darle satisfacción a su amante de ocasión. El rostro del chico reflejo una gran emoción, cuando por fin, luego de unos cinco minutos después, llego al clímax. Luego de eso, ella se compuso la ropa y jaló de la mano al muchacho y lo llevó a la mesa. Allí al parecer, se intercambiaron teléfonos o facebooks talvez y ella sacó de su bolso, el calzón que le había quitado el muchacho y se lo puso en la mano. El joven tomo el calzón y se lo metió al bolsillo delantero, del pantalón, donde según recuerdo se había metido el brasier que yo le di y ella le dio un beso en la mejilla y salió. La seguí con la mirada y la vi salir del establecimiento, comencé a caminar y antes de salir a la calle, la vi abordando un taxi. Cuando yo llegué a la casa, ella ya estaba acostada y bañada, yo entré al baño y al salir, tomé mi almohada, un edredón y me fui al cuarto que fue de mi hijo. Toda la noche disfruté de la imagen de mi mujer siendo penetrada, por aquel muchacho en ese salón repleto de personas que en ese frenesí de baile, no les permitía observar la escena erótica que se estaba desarrollando frente a sus narices.

A lo mejor algunos se dieron cuenta y no le pusieron importancia o a lo mejor nadie los vio, pero yo sí y lo goce en demasía. A la mañana siguiente, mi esposa andaba muy seria conmigo, pero de todas formas le pregunté a qué hora había llegado y dijo que solo la llamé y se fue a la casa. Según ella, yo me había atrasado en la calle por alguna otra cosa y me mentía, para que yo le creyera que ella llego al rato de dejarla en la disco. ¿Cuántas mentiras me habría dicho durante los casi veinticinco años de casados, cuantas mentiras le había creído durante todo ese tiempo? No sé, pero ahora me estaba dando cuenta que ella me mentía demasiado y no sabía que ahora era yo el que le iba a mentir y la iba a disfrutar, viéndola hacer muchas otras cosas. Luego les cuento otro poco de esta historia.


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