Esta noche termina masturbando a mi propia madre


Esa noche.

estaba masturbando a S.

con mis dedos recorría su sexo

estaba explorando con el tacto su vagina

Me estaba volviendo loco.

Soltó mi pene, se llevó las manos a la cabeza. Luego, con una mano me tomó de la nuca, me sujetó del cabello y me atrajo hacia su boca. Nuestros labios se encontraron con la misma ternura con la que mi mano provocaba espasmos en su sexo de sal negra. No me atrevía a introducir aún ningún dedo. Me limitaba a recorrer de arriba a abajo su vagina, y masajear en círculos su clítoris. Nuestros besos eran interrumpidos continuamente por breves gemidos de ella. Era el calor de dos cuerpos tan acostumbrados a estar cerca, pero tanto extrañados por la circunstancia. Era la galopante excitación de saber que se comete un crimen, que se come el fruto prohibido, que se muerde la suerte misma.

Después de unos minutos retiré mis dedos de su vagina palpitante. Nuestras respiraciones oscilaban entre el jadeo y el suspiro. Me llevé el dedo índice a los labios, para degustar a S. Ella me miró, entonces le acerqué el dedo medio a la boca y, luego de olfeatearlo un poco, lo chupó, con más energía de la necesaria mientras me miraba a los ojos, desafiante e incitadoramente. Después dijo:

-Nunca había probado a qué sabía yo

– ah, no creí que te atrevieras a cosas nuevas

Reímos.

El comentario sarcástico disipo toda posible incomodidad. La miré fijamente, me puse sobre ella mientras la besaba. Intenté acomodar mi pene en su vagina con desesperación. Estaba en llamas. Quería meterselo y venirme lo más pronto posible. Mis sentidos se ofuscaban a medida que la intensidad de nuestras bocas aumentaban. Nada podía importarme. Pero ella, con mucha más experiencia, me detuvo.

Tomó mi verga con una mano y con otra me acarició el rostro.

-Espera

-No puedo – gemí, imploré, pero no me atreví a moverme un ápice.

Mi corazón taladraba mi pecho con furia. Su mano, calculadora, por el otro lado, acariciaba mi pene. Lo recorría con suavidad. Pero era incompatible tanta calma con tanta tempestad. Así que comencé a besarla, de nuevo con desesperación, mientras mis manos recorrían su cuerpo impunemente. Sus pechos redondos como la palabra roma, sus piernas largas y portentosas y sus nalgas, esas nalgas donde la redondez del mundo cobra sentido. Toda la paciencia de antes, la ternura, la suavidad se quebraron con la urgencia que esa ansiedad me provocaba.

S. sin embargo, mantuvo la calma. Me giró. Quedé bocarriba en la cama. Creí que era una advertencia por mi conducta imprudente. Que todo se estaba acabando. Que había volado muy cerca del sol y ahora estaba cayendo en llamas. Pero no. S. me besó en los labios con ternura, pero con firmeza. Y fue recorriendo mi cuerpo con suaves besos. Primero mi rostro, luego mi cuello. Siguió por mi pecho, donde se dio el lujo de mordisquear suavemente mis pezones. Después bajó por mi abdomen, lamió mi ombligo. Descendio por mis piernas. Beso repetidamente mis muslos. Yo estaba al borde de la demencia. La miré casi con lágrimas en los ojos y ella leyó bien la apremiante petición.

Abrió la boca y lamió mi pene. Su lengua le dio dos vueltas al glande y luego recorrió todo el tronco. Después, y sin dejar de mirarme, succionó mi verga. Esta vez con energía. Se sentía como el infierno mismo en mi entrepierna. Sus manos me recorrían habilmente, una se encargaba de acariciar mis piernas y mi abdomen y la otra estrujaba con suavidad mis testículos.

La sujeté del cabello y le indiqué el ritmo (uno bastante veloz, dado mi situación) y ella se dejó guiar. Nunca dejó de mirarme a los ojos mientras sus labios apretaban el tronco de mi verga. Por dentro, su lengua nunca dejó de juguetear con mi pene. No duró mucho. Es decir, yo no duré mucho. Apenas unos pocos minutos bastaron para llevarme mucho más allá de cualquier límite. Gemí casi a gritos. S. no separó su boca de mi verga y hasta puedo decir que comenzó a succionar con más fuerza. Sentí que me moría.

Pasado el orgasmo, mi cuerpo exangüe quedó en la cama, pero S. no soltó mi pene a pesar de que éste había abandonado la lucha. Al contrario, siguió mamándolo un rato más hasta que recuperé un poco de firmeza (para mi propia sorpresa). Finalmente se saco mi pene de la boca. Lo lamió un par de veces y concluyó la felación con un tierno beso justo en la cabeza.

Sonrió.

Gateando se acercó a mí. Y comenzamos a besarnos de nuevo, poco a poco aumentamos la intensidad hasta que ya estabamos al borde de nuevo.

Creí que era el momento de devolver el favor. Así que recorrí su cuerpo de manera idéntica a la que ella lo había hecho. Bajé por su cuello mordisqueándolo, besé y amasé los pechos que de bebé me alimentaron. S. gemía suavemente y me miraba, ahora sus ojos suplicaban. Bajé a besos hasta su ombligo, acaricie su pelvis con mi nariz y mis mejillas. Besé sus muslos, sus piernas. Demoré todo lo posible hasta que posé mis labios en sus labios. Un suave beso y retiré la cara. Su mirada era un poema: los ojos de quien ruega sin palabras. Luego de ese breve momento de tortura comencé a lamer y chupar su vagina. Mi lengua la recorría a lo ancho y a lo largo, y de vez en cuando frotaba su clítoris.

-ay, mi amor… soltó te pronto y yo lo interpreté como una orden de acelerar el ritmo

con una iniciativa que desconocía, inserté dos dedos en su vagina. El índice y el medio, y comencé a recorrerla internamente con ellos mientras mi boca, ahora, se centraba en su clítoris. Decidí, luego de un par de gemidos de aprobación, arriesgar un poco más, e introduje mi otro dedo medio en su ano. La respuesta fue inmediata. Arqueó su espalda y con una mano me sujetó del cabello con fuerza. Los gemidos aumentaron y mi esfuerzo en su sexo no mermó. Quería que fuera un momento que recordara para siempre.

Ella tampoco aguantó mucho. No debieron pasar tantos minutos cuando sus piernas aprisionaron mi cabeza y un grito ahogado invadió su boca.

-Ay, ya, para, amoooorr….

Pero no paré. No quería separarme nunca. Seguí chupando aunque con sus manos trataba de apartarme. Finalmente se desplomó en la cama y yo me separé de ella. Me acerqué a su rostro y comencé a besarla. Su respiración seguía muy agitada, pero no por ello escatimó la fuerza con que me besaba. Incluso me mordía la boca.

Nos miramos un momento a los ojos. Sonreímos. El momento era perfecto. Le tomé la una mano y la llevé a mi pene, quien reclamaba ahora toda la atención del mundo.

– Mira a quién tenemos aquí. ¿qué querrá? -dijo, con picardía

– a ti, y sólo a ti – respondí S. rió.

Sin preguntarme (no veo por qué habría de hacerlo) me rodeó con una de sus piernas. Se apoyó en sus manos. Giró. Me montó. Colocó mi miembro erecto debajo de su vagina, pero no lo introdujo; sino que comenzó un vaivén suave con las caderas. Sus labios vaginales abrazaban mi pene sin enguirlo y lo lubricaban. Me miraba a los ojos con un deseo insoportable. Me dejé hacer. Me abandoné a esa suave tortura que era posponer lo inevitable. Coloqué mis manos en su cintura y fui recorriendo su piel con caricias casi etéreas.

Se detuvo de pronto. Se mordió el labio inferior. Levantó las caderas y con la mano izquierda acomodó mi verga. Se penetró lentamente. Primero, la cabeza entró en ella y, como si la hubiera asustado, levantó de nuevo el cuerpo, sacándosela. Repitió el movimiento un par de veces más. Estaba alargando infinitamente esto y yo estaba alucinando. Si no me hubiera hecho venirme con su boca minutos antes, habría explotado hace mucho con sus juegos..

Sin embargo, no hay final que no llegue. Así con un movimiento cincular enloquecedor fue metiéndose poco a poco mi verga. Nuestros vellos púbicos se tocaron. Nuestras pélvis por fin se conocieron. Al introducirse todo se quedó quieta. Como si la realización completa del coito la hubiera petrificado (cuando era obvio que quien estaba de piedra era yo). Nos miramos a los ojos.

Un relámpago me atravesó la columna y escapó por mis labios en forma de rugido cuando por fin comenzó a moverse. Era un baile, una obra de arte sobre mi pene lo que S. hacía. No se movía de arriba a abajo, sino en círculos, en diagonales, en remolinos sobre mí. Tomó mi mano derecha y se la llevó a los labios. Me chupó algunos dedos. Tomó mi mano izquierda y la llevó a uno de sus pechos. Su larga melena castaña era una cascada sobre su cuerpo. En algún punto, se la recogió con ambas manos en una cola de caballo mientras aumentaba el ritmo. Comenzó a gemir. Sentí que su vagina palpitaba con fuerza.

-Ay, mi vida, mi amor….

Me levanté un poco para besar y devorar sus pechos que ahora bailaban enloquecidos al ritmo de su respiración resquebrajada.

-No termines todavía – me suplicó con una voz que parecía romperse.

Y sigió meciéndose en mi pene. Y de pronto me sujetó la nuca con los brazos. Me atrajo hacia su pecho y su vagina estrujó mi pene con fuerza. Gimió de tal modo que si lo escuchara de nuevo, tendría un orgasmo en ese preciso momento.

Luego se derrumbó sobre mí. Jadeaba. Juntamos nuestras bocas en un beso interminable.

Coloqué mis manos en sus nalgas y comencé a moverme ahora yo. Un movimiento primitivo, pero efectivo: Metía y sacaba mi pene de su vagina a un ritmo no tan acompasado. Pero ella no pudo con ello. Se sacó mi pene.

-Espera, dame un momento – dijo entre jadeos. Y se recostó a mi lado, sin dejar de mirarme. Me pregunté desde hacía cuanto tiempo no cogía con nadie para de pronto sacar esa furia. Continué besándola, pero pronto una urgencia enorme me invadió y mi instinto se apoderó de mis acciones. Me giré sobre ella y me recibió con las piernas abiertas. Pero no era ese el plan.

Tomé su pierna derecha y la coloqué sobre la izquierda. S. estaba agotada y no entendió bien la indirecta, así que me miró con un poco de duda. Sin decir palabra, la tomé de una muñeca y la jalé tratando de indicarle que se girara.

-Ah- exclamó – ¿me vas a coger de perrito? – preguntó con un tono de voz tan sensual que mi pene dio un respingo.

– Sí – contesté con la boca totalmente seca

Obedeció mi indicación y se puso a cuatro en la cama. Me miró por encima del hombro y comenzó a menear el trasero, invitandome a pasar. Coloqué ambas manos sobre sus nalgas. Suspiré por lo perfecto que eran. Tantas veces imaginé cómo sería poseerla de esta forma que ahora que lo hago tengo ganas de llorar. Sin embargo, mi exasperación era un impedimento inmenso. Así que S, con la paciencia de una madre, tomó mi verga con una de sus manos y lo colocó en la entrada de su sexo precioso. Tuvo la iniciativa de penetrarse de nuevo, poco a poco, a su ritmo, como antes. Pero se la arrebaté. De un tirón le introduje todo mi miembro. Gimió. Inmediatamente azoté una de sus nalgas. Gimió más fuerte. Azoté la otra. Gimió de nuevo.

Me miró con una sonrisa complaciente en el rostro.

– qué rico, cariño – dijo con ese tomo de voz que me quemaba.

Comencé a penetrarla con la rabia de un animal herido. Sin técnica alguna. Era un sexo salvaje y primitivo, y era hermoso. Sus nalgas rebotaban contra mi vientre y mis testículos contra sus piernas. En la habitación se oían los fuertes golpes de dos cuerpos en disposición para el combate y nuestros gemidos de héroes agónicos.. Mi madre extendió las manos y pegó el pecho a la cama. Daba la impresión de estar rezando mientras yo la penetraba. De pronto miré su cabellera castaña y me pareció un desperdicio no admirar lo suave y bella que era. Aminoré el ritmo y recogí con las manos su cabello en una cola (otra), y luego con una sola mano tiré de ella con firmeza. S. se levantó, irguió la espada y comenzó a gemir con más fuerza.

– Sí, así, así me gusta, fuerte, mi vida – balbuceaba. – dame bien duro mi amor

la voz se le descomponía. Entonces lo sentí, de nuevo su vagina comenzó a contraese y expandirse. Para rematar, mi pene hacía algo similar. Estabamos por tener nuestro primer orgasmo simultaneo. Tiré de su cabello con más fuerza, con lo cual se irgió casi completamente. Gimió con fuerza. Y sujetó mis caderas con sus manos. Lo inevitable ocurrió. Mi verga residente de sus entrañas explotó. Eyaculé con una limpidez entonces desconocida para mí. Como la estaba jalando del cabello, su espalda y mi pecho se tocaron en el momento en que me venía. Geminos, berreamos con fuerza solidaria. Di un par de arremetidas más con mis caderas contra ella, pero mi miembro estaba abandonando su puesto, así que simplemente me derrumbé a su lado.

Quedamos en la misma posición que dormíamos. “de cucharita”. Respirábamos con la ternura de un árbol despedazado.

– te amo mamá

– yo también te amo, hijo…. Muhco.

Abracé su cuerpo desnudo y besé su cuello. Recibió mi abrazo y pegó su cuerpo al mío. Nuestros sexos eran un desastre: mojados, pegajosos, exaustos, felices…


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