Ese fue el momento en que mi compañero subió sus manos a mis hombros para bajar los tirantes del vestido, de modo que mis tetas quedaran al aire


Entre las cosas que más detesto en esta vida, el sexo está en primer lugar. Que quede bien en claro: ¡Detesto el sexo!, ¡detesto el sexo!, ¡detesto el sexo!

Lo detesto más que nada porque es un vicio que te encadena a las más bajas pasiones humanas. De no ser por el sexo yo podría sentirme completamente feliz, pero para serlo del todo necesito ser libre, y el sexo — ¡maldito sexo!— me tiene esclavizada.

Pero, ya que me he referido a aquello que detesto, debo nombrar lo que amo. Lo diré sin tapujos: amo el amor, y por favor, que no haya confusiones. Al decir amor, me refiero al amor espiritual, el más puro de todos los amores. Con esto quiero significar que lo que más me atrae es la vida del espíritu y el intelecto. Lamentablemente, lo carnal siempre acaba por imponerse, y no es que una no quisiera evitarlo, pero en numerosas ocasiones esto sólo es posible si se tiene un corazón de piedra, y yo, debo reconocerlo, soy blanda de corazón. No sé si ello es una debilidad o una virtud, pero el hecho es que toda mi vida sentí una tremenda necesidad de ser buena y generosa, razón por la cual casi nunca pude negarme a un hombre al ver que sufría por mí. Y nunca me entregué por lujuria, ¡válgame Dios!, todas las veces lo hice por pura bondad.

Para dar un ejemplo de las situaciones a las que me ha llevado mi natural generosidad y mi bondad espiritual, he de referir lo que me sucedió hace algunos años (por cierto, antes de que me casara con mi actual marido), con ese pobre joven que acabó haciéndose sacerdote, llamado Alberto, a quien todos llamábamos simplemente “Gartu”.

Antes de entrar en materia voy a presentarme. Me llamo Catalina, aunque todos me llaman Kathy. El nombre me lo ha puesto mi madre, que siempre fue gran amante de la historia rusa y de los rusos en general, y desde que oyó hablar de Catalina la Grande nunca dejó de admirar a la antigua emperatriz de todas las rusias. Es el caso que tengo la desgracia de ser atractiva. Digo desgracia, y no suerte, porque por culpa de mis encantos físicos los hombres me desean con concupiscencia, la cual es palabra que me enseñó hace años don Marcial Peña, que es profesor de filología, y como yo le confesé que ignoraba el significado de las palabras concupiscencia y filología, él se ofreció a darme una clase práctica de ambas cosas. Así es como pude enterarme que filología hace alusión al uso y estudio de la lengua, y para demostrármelo del modo más académico posible, don Marcial utilizó mucho la lengua conmigo, lo cual nunca dejaré de agradecérselo, porque de paso aprendí también lo que significa concupiscencia. La cultura, dicho sea de paso, nunca viene mal. Gracias, don Marcial Peña, estoy en deuda con usted, tan generoso y desinteresado como ha sido siempre.

Decía pues, que por culpa de mi atractivo físico los hombres me desean con concupiscencia en lugar de ver en primer lugar mis dotes espirituales y mi mundo interior. Pero, ¿qué culpa tengo si mi cara es bonita? Mi tío y muchos hombres (y mujeres) que me han conocido en (diversos sentidos), siempre han afirmado que tengo cara de muñeca. Mi pelo es rubio y ligeramente ondulado. Tengo una cintura estrecha y la piel muy blanca; mis piernas son largas y torneadas, y mi trasero es alto y muy redondo. En cuanto a mis pechos. ¡Ay, mis pechos! Mis pechos son grandes, también redondos, como mi trasero, y por desgracia, mis pezones se erizan con demasiada frecuencia, sobre todo cuando los acaricia una mano de hombre (y también de mujer, ¡cielo santo!). Podrán darse cuenta de que es muy lamentable que una chica como yo, amante de la pureza y el mundo espiritual, por culpa de su cara y de su cuerpo atraiga a los hombres (y mujeres) más por su físico que por sus dotes intelectuales y espirituales. Pero, ¡qué puedo hacer, Dios mío! Cada cual carga con su cruz en esta vida.

Pero, a lo que iba: me estaba refiriendo a lo que me sucedió hace años con ese chico llamado Alberto, al que todos decíamos “Gartu”. Elhecho aconteció cierta tarde que me hallaba en el domicilio de su familia, en ocasión de encontrarse sus padres de vacaciones por el extranjero. Yo había ido a lo del Gartu, que entonces era un compañero del Instituto, porque él había prometido ayudarme a preparar el examen de matemáticas. Así fue como le dio por explicarme el concepto de lo simétrico en relación con la geometría, como parte sustancial de las matemáticas.

—¿Ves, Kathy? tú tienes un ojo izquierdo y, simétricamente, tienes también un precioso ojo derecho, ambos de color verde —dijo, al tiempo que tocaba con la yema de su dedo debajo de uno y otro ojo.

—Es verdad —dije—. Lo que afirmas me parece muy correcto, Gartu.

—Pues bien, si nos concentramos en tu preciosa naricita, podemos comprobar que al lado de tu orificio nasal derecho se encuentra el orificio nasal izquierdo. ¿Estás de acuerdo?— ¡Sí, Gartu, sí! —Exclamé llena de entusiasmo—. ¿Eso es lo que llamas simetría?—En efecto, Kathy. Pero sigamos investigando. Ahora bajaremos a los pechos. ¿Estás de acuerdo en que tienes un pecho a la izquierda y otro a la derecha? —Me preguntó Gartu mientras posaba sus manos de futuro sacerdote de la Santa Madre Iglesia sobre mis dos pechos.

Ahora bien, se daba el caso que, por ser pleno verano, yo había acudido a su domicilio con un vestido muy escotado, ya que sufro mucho del calor, así que cuando el Gartu posó sus manos en mis senos sucedió lo irremediable: mis pezones se erizaron. Ese fue el momento en que mi compañero subió sus manos a mis hombros para bajar los tirantes del vestido, de modo que mis atributos quedaran al aire.

—Pero, Gartu, ¿Qué haces? —protesté.

—Continúo con la investigación, Kathy. Hay que comprobar si tus pezones son igualmente simétricos.

—No, Gartu, no. No me parece que sea muy correcto —le dije, sin poder evitar que sacara mis pechos del sostén.

En vez de hacer caso de mi protesta el Gartu metió su rostro entre mis senos y empezó a besarlos como loco.

— ¡Por favor, Gartu, no sigas! Lo que haces no está bien. No te olvides que vas para cura.

—Es que tú no comprendes, Kathy —susurró el Gartu con voz ronca— ¡yo te amo!En ese momento se me ocurrió una pregunta muy inteligente. Se la solté para que supiera que no soy tonta.

—Dime la verdad, Gartu: ¿me amas o me deseas?—Las dos cosas, Kathy: te amo y te deseo. Pero mi deseo es tan fuerte que me produce dolor.

Al oír que me hablaba de su dolor se despertó mi bondad innata. Ya he dicho que no soporto que nadie sufra por mí.

— ¿De verdad sientes dolor, Gartu? —a todo esto mi vestido ya estaba en el suelo, mis pechos al aire, y las braguitas las tenía a la altura de las rodillas. ¡Y yo sin darme cuenta!—Mucho dolor, Kathy. Compruébalo tú misma. Siento dolor aquí, en esta cosa mía que se me ha hinchado —dijo, tomando mi mano y llevándola hacia su aparato. Entonces comprobé que tenía razón: lo tenía muy pero que muy hinchado.

—Es cierto, Gartu, se te ha puesto muy grande y muy gorda esa cosa tuya —admití—. ¿De verdad te produce dolor? ¿No me estás mintiendo?— ¡Mucho dolor, Kathy! ¡Muchísimo!— ¿Y qué puedo hacer para aliviarte?, pobrecito Gartu.

—Una cosa muy simple, Kathy: deja que te meta mi cosa en tu agujerito, que como debe de estar húmedo y tibio seguramente me va a calmar el dolor.

—Pero, Gartu. Eso no puede ser; eso es pecado carnal, y yo soy una chica espiritual —dije, antes de permitir que me besara y metiera su lengua dentro de mi boca.

—Entonces déjame que te bese la rajita, Kathy, puede que así me sienta mejor —pidió el pobre Gartu.

—Está bien —concedí— pero sólo un poquito, nada más que un poquito.

Así que entonces el Gartu y yo nos tendimos sobre la alfombra y el empezó a besarme y lamerme la rajita, ¡pobre de mí, que soy tan buena! El hecho es que, a medida que él movía su lengua me fue entrando un gustito maligno y empezó a despertarse mi más nociva carnalidad.

— ¡Ay, Gartu, Gartu! ¡Por favor, no pares! —Le rogué.

Y el no paró. No se detuvo hasta que yo empecé a jadear como una loca y de pronto sentí un fuerte alivio, pero eso me hizo sentir culpable, porque me pareció algo muy poco espiritual y, sobre todo, muy egoísta, ya que me había olvidado del sufrimiento del pobre Gartu.

— ¿Te sigue doliendo, Gartu? —le pregunté, compadecida, mientras le acariciaba la cabeza y las mejillas.

—Sí, Kathy, ¡me duele con locura!— ¡Ay, Gartu! ¿C&oa

cute;mo puedo ayudarte? Dímelo—Bésame tú a mí, Kathy. Chúpamela un poquito con tu boquita para que se alivie esta pobre picha mía.

—Está bien, Gartu —acepté—. Lo voy a hacer, pero no por gusto sino por solidaridad estudiantil —dije—. No quiero que te siga doliendo.

Así que entonces, por pura bondad, empecé a chupar esa cosa de Gartu a la que los maleducados y los groseros llaman polla, y cuando la tuve dentro de mi boca comprobé que se iba haciendo más grande todavía de lo que ya estaba. Yo seguí chupando, seguí haciéndolo porque quiero ser buena y compasiva con la gente que sufre. Seguí chupando hasta que de pronto salió un fuerte chorro de la polla del Gartu, parte del cual entró en mi boca y otra buena parte bañó mi cara. Entonces pude comprobar que en el rostro de Gartu surgía una benéfica expresión de alivio. En mi fuero interno agradecí a mi compañero de estudios por haberme dado la oportunidad de ejercer mi bondad.

Ahora bien, después de aquello, el Gartu y yo permanecimos unos diez o quince minutos echados sobre la alfombra mientras escuchábamos la música sacra que salía de su aparato reproductor de música, y he aquí que cuando cesa la música va el Gartu y me dice:—Kathy—Dime, Gartu.

—Que vuelve a dolerme.

— ¿Y qué puedo hacer ahora, cariño?—Tienes que dejarme que te la meta.

— ¡Ay, no, Gartu!, eso no Ya sabes que no simpatizo con el acto sexual: es pecado.

—Pero es que yo no hablo de metértela toda, Kathy. Me refiero a meterte sólo la puntita.

— ¿Sólo la puntita? ¿Quieres decir que con eso te darás por satisfecho?—Sí, Kathy, con la puntita sólo estará bien.

—Está bien, si eso contribuye a aliviar tu dolor te dejo que me metas la puntita. Pero sólo la puntita, eh.

Y así fue cómo el Gartu me metió la puntita de su polla (pido perdón por tener que repetir esta sucia palabra), pero en lugar de cumplir su promesa, poco a poco me la fue introduciendo más y más adentro, hasta que le dije:—Pero, Gartu, tú habías prometido que iba a ser sólo la puntita. Me la estás metiendo toda.

—Tienes razón, Kathy. Si quieres te la saco.

—No, Gartu, no me la saques. Quiero aliviar tu dolor, cariño mío, métemela toda. Métemela bien adentro.

— ¿Toda? ¿Te la meto toda adentro de tu coño?— ¡Ay, Gartu, qué manera de hablar!— ¿Te la meto o no te la meto, Kathy?— ¡Sí, Gartu! —Exclamé, totalmente ciega de gusto— ¡Métemela toda! ¡Métemela bien adentro de mi raja!Y entonces el Gartu hizo lo que le había pedido: me la metió bien adentro y empezó a empujar y empujar mientras yo me contorsionaba como una poseída, así seguimos hasta el momento en que nos corrimos al unísono… ¡pobre de mí! Y pensar que detesto el sexo… ¡No hay derecho! Cuando los dos estuvimos al fin calmados, aliviados y relajados, a mí me entró un arrepentimiento terrible, de modo que me puse a llorar, pero el Gartu, que es tan bueno, me dijo que no llorara y que no debía estar arrepentida porque según él no había hecho nada pecaminoso, y si me había entregado como una perdida sólo había sido por amor al prójimo. Ahora bien, mientras me decía tales dulces palabras el muy bandido iba mojando la yema de su dedo en mis lágrimas y luego me metía ese mismo dedo en el coño, lo cual, todo sea dicho, me producía un placer inconmensurable.

En esas estábamos cuando oímos que se abría la puerta de calle:— ¡Mis padres!, ¡maldición! Han vuelto mis padres de sus vacaciones. Que no te vean aquí: no olvides que ellos quieren que me haga cura. Si me ven en brazos de una mujer son capaces de desheredarme.

Entonces empecé a vestirme a toda prisa, pero sin embargo no fui suficientemente rápida. Cuando oímos que estaban ya a pocos metros y la madre llamaba a su hijito apenas había alcanzado a ponerme las braguitas y el sostén.

— ¡Gartulín! ¿Dónde te has metido, hijo mío?El Gartu me dijo que saliera por la ventana, y por suerte estábamos en una planta baja, que si hubiera sido un primer o segundo piso me rompía la crisma. Lo malo es que no había acabado de vestirme en el momento en que entraron los papás y don Gartu padre bramó:— ¡Cómo te has atrevido a meter una furcia en esta casa! ¡Engendro de Satanás!Yo, pobre de mí, alcancé a agarrar el vestido. Mientras saltaba por la ventan

a me consolé pensando que al menos estaba calzada. Falso consuelo: uno de mis zapatos (que son de tacón), se salió de mi pie y quedó definitivamente en el interior de aquel casto hogar de los Gartuzogarrimormiagarriarena. De modo que, calzada con un solo zapato, salté por la ventana hasta el jardín, donde acabé de ponerme el vestido. Después corrí como alma que lleva el diablo sin dejar de pensar que me había sucedido lo mismo que a la cenicienta, pero en vez de ocurrirme con un príncipe había sido con un futuro cura. Cosas de la vida.

Así iba yo por la calle, caminando coja por falta del zapatito de tacón del pie derecho, cuando veo que se detiene un coche y alguien me llama por mi nombre.

—Kathy, ¡tanto tiempo!Era don Marcial Peña, el profesor de filología; el mismo que me había enseñado el significado de la palabra concupiscencia y el uso adecuado de la lengua.

— ¡Don Marcial! —Exclamé con gran alegría— ¡Qué suerte que lo encuentro!—Y qué suerte que te encuentro, mi niña —dijo el bueno de don Marcial—. Me estaba preguntando si no sería hora de que practicáramos un poco de filología y concupiscencia.

—Como usted lo crea conveniente, don Marcial, pero lléveme lejos de aquí. Me ha pasado algo terrible.

—Dime, dime, ¿qué te ha ocurrido?—He perdido un zapato, don Marcial.

—Bueno, si es por eso no te preocupes. Vayamos a una buena zapatería: voy a comprarte otro par.

De modo que fuimos a una zapatería de lujo y allí don Marcial me compró no uno sino tres pares. Mas tarde fuimos a una boutique en la que me compró tres vestidos para que hicieran juego. También me compró una cartera preciosa, y puesto que una cartera nueva no debe llevarse vacía, el bueno de don Marcial Peña decidió llenarla con veinte billetes de cincuenta euros. ¿No es un encanto? Por mi parte, claro está, acepté todos sus presentes. Mi mamita me enseñó que no hay que ser despreciativa. De hecho, ella siempre ha aceptado los regalos que le hacían sus amigos, sobre todo los rusos. Mi mamita siempre fue muy agradecida y cariñosa con ellos, así que yo no voy a ser menos. Sobre todo por bondad y buena educación.

Después de hacer las compras don Marcial me recordó que ya era hora de practicar filología y concupiscencia, de modo que fuimos a su domicilio, en el que casualmente no se encontraba su señora esposa. Allí dejé que mi benefactor siguiera practicando con la lengua, que paseó con académica dedicación por entre mis pechos y por toda mi piel, hasta llegar al coñito (pido perdón por usar este término de mal gusto). Por mi parte, resignadamente me entregué a él y a la concupiscencia. Agradecida y buena que es una.

Pero ahí no terminó todo, porque cuando estábamos en lo mejor oímos que se abría la puerta de calle y entendí que por segunda vez en el mismo día me encontraba en un aprieto.

— ¡Mi mujer! —Exclamó mi profesor de filología—. Escondámonos en el armario.

Yo hice lo que don Marcial me decía, y una vez dentro del armario no dejé de chuparle la polla, para demostrarle que soy buena alumna y había aprendido muy bien sus lecciones referentes al uso de la lengua.

En eso estábamos cuando el muy puerco se puso a gemir y a tener espasmos, debido a lo cual la puerta del armario se abrió de golpe y ambos caímos al exterior mientras don Marcial Peña eyaculaba con la fuerza de un surtidor.

— ¡Con qué esas tenemos! —Chilló la mujer de don Marcial, que era una mujer bastante atractiva, de más o menos treinta años. Vestía leotardos ajustados y por encima unas botas negras que subían más allá de las rodillas. Parecía una domadora de leones.

—Perdona, cariño —suplicó el filólogo— ha sido un problema de concupiscencia.

— ¡Qué concupiscencia ni que ocho cuartos! Esto merece un castigo.

Dicho y hecho, no tuve más remedio que someterme al castigo de la mujer de don Marcial. Éste me aconsejó que la obedeciera a fin de evitar males mayores.

Así es que la domadora, cuyo nombre es Úrsula, procedió a atarme muñecas y tobillos con un par de cuerdas, cuyas puntas amarró a la cabecera y el pie de la cama matrimonial. Una vez que me tuvo a su merced empezó a azotar mi culito con la palma de la mano. Puede que lo haya hecho más de veinte veces. ¡Fue espantoso! Las nalgas me ardían mucho, mucho. Para col

mo, don Marcial Peña en vez de interceder por mí empezó a masturbarse como un mono vicioso. Dicho sea de paso, es un milagro la potencia sexual que tiene ese hombre, a pesar de su edad. De pronto don Marcial volvió a eyacular, tal como lo había hecho un rato antes, soltando toda su esperma sobre mi cara. Yo me largué a llorar como una magdalena, más que nada por el dolor de nalgas.

El hecho es que al verme llorar desconsolada, la Úrsula se compadeció, gracias a lo cual pude comprobar que también ella es una mujer de buen corazón. Así pues, para consolarme, me desató manos y piernas, se tendió conmigo en la cama, y empezó a besarme con mucho cariño. Por mi parte, al verla tan cariñosa respondí a sus besos. Ya dije que no me gusta ser despreciativa.

— ¡Pobrecita! ¿Te he hecho doler mucho? —me preguntó la mujer del profesor.

—Sí, señora, me ha hecho doler. Es usted un poco mala.

—No te preocupes, te pasaré una crema que te aliviará —dijo ella. Y seguidamente empezó a frotar mis nalgas con una crema lubricante de la piel.

— ¡Déjame que yo le pase la leche de mi polla!, ¡déjame que se la pase! —Suplicaba don Marcial, que a la sazón parecía haber perdido todo dominio de sí mismo.

— ¡Tú a callar, cochino! Ya arreglaremos cuentas tú y yo. Te castigaré a ti también, pero no con la mano, como a esta pobre niña, para ti tengo reservado el látigo.

— ¡Ay, cariño, qué miedo! —dijo don Marcial, y acto seguido dio comienzo a una nueva masturbación. Ese hombre es un caso.

Después de pasarme la cremita por el culito la Úrsula siguió pasándomela por los pechos, hasta que metió su dedo en mi rajita al tiempo que me besaba con la lengua dentro de la boca. Yo, que nunca fui despreciativa, la correspondí plenamente, y debo confesar que ese tipo de besuqueo me daba mucho gusto. En eso estábamos en el momento en que sentí que don Marcial Peña metía su potente cosa en el agujero de mi culito. Otra veces me lo habían hecho, pero nunca sin lubricación. Sentí un intenso dolor y no pude menos que gritar.

— ¡Por favor, por atrás no, por atrás no! —rogué.

—Sí, por atrás sí —dijo Úrsula con una sonrisa diabólica.

—Don Marcial —supliqué— al menos póngame cremita para que no me duela tanto.

—Nada de cremita. Te tiene que doler, es parte del castigo —sentenció la Úrsula. La verdad es que doler, me dolió, pero también me daba mucho gusto, cosa que debo admitir porque de lo contrario estaría mintiendo, y ya se sabe que mentir es pecado. Me daba mucho gusto sobre todo porque mientras el profesor me daba por el culo su señora esposa lamía mi coño (perdón por la palabra), de tal modo que llegué a gozar con una sensación de éxtasis supremo. Maldito sexo.

En fin, que estuvimos así, sin parar, hasta la hora de la cena, que fui invitada a compartir. Antes de irme Úrsula también quiso hacerme un par de regalos. Nada, unas tonterías: una gargantilla de brillantes y una pulserita de oro. Debo hacer constar que se trata de una mujer adinerada. Me hizo prometer que volvería pronto, y yo le dije que sí, ya que no me gusta ser despreciativa. Ahora, eso sí, no dejé de hacerle saber que detesto el sexo. La verdad ante todo. En fin, que había sido un día muy agitado, ¡pobre de mí


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