Como el ser mellizos no impide que disfrutemos de nuestros cuerpos


¿Cuánto tiempo había pasado ya? Un montón, creo que años incluso. Años de un inicio del que no fui consciente. Ahora sí, ya tenía perfectamente claro lo que me estaba pasando y, lo peor, que no lo podía evitar.

A mis dieciocho años me creía de vuelta de todo, iba a empezar la universidad, tenía un físico envidiable y me follaba a todo lo que se movía. Una vecina de nuestra escalera se encaprichó de mí y, desde entonces, había estado follando con ella, sobre todo, aprendiendo las artes amatorias y del sexo que, tras ella, no tenían secretos para mí, esta vecina se convirtió en una auténtica maestra y me fue enseñando todo lo que sabía del tema, que no era poco.

Naturalmente, siguiendo sus enseñanzas, empecé a entrar y conseguir a todo tipo de chavalas, no paraba y, naturalmente, era cada vez más experto en la materia. No hay nada mejor que alguien mayor te introduzca en este mundo.

Sin embargo, el día que vi a mi hermana montárselo en casa con un auténtico gilipollas que, además, era un puto inútil en la cama, tuve un ataque de celos impresionante y me di cuenta de que estaba locamente enamorado de mi Lidia hasta las trancas. Lo que en principio creí que era puro y simple amor fraternal, había derivado, o me daba cuenta ahora, en un amor mucho más profundo, de ese que se siente por una chica cuando se convierte en “la única”.

Mi hermana Lidia es mi melliza, quizás de ahí la confusión inicial. Como todos los mellizos, lo hacíamos todo juntos, por lo menos hasta la adolescencia. Luego, cada uno por su lado. Sin embargo, no sé el motivo, mi cariño había cogido el camino hacia lo prohibido, lo antinatural, lo antisocial… Y después de verla en plena follada con un imbécil, tuve clarísimo que ella era la única a la que deseaba, no sólo para follar, eso era lo de menos, era a la que necesitaba como pareja. Ella sabía de mis andanzas y de la fama de mujeriego que tenía, esto no me iba a ayudar en absolutamente nada.

A ver cómo salía yo de esta porque, estaba clarísimo, no iba a decirle nada, ni a insinuarme, ni a espiarla… No se me tenía que notar absolutamente nada. Yo creo que mi madre, que siempre tienen algo de brujas, sospechaba algo, pero era tan discreto que, más allá de ligerísimas insinuaciones, jamás me habló del tema.

Pero el hecho de tener a tu amor “platónico” viviendo bajo tu mismo techo te mina mucho la moral, aumenta la ansiedad y produce un estado de nervios continuo. Decididamente, no podía seguir de esta forma en casa, no podía ver a mi hermana día a día y tener que callarme… Estaba convencido de que jamás haría ninguna burrada contra ella, la respetaría siempre, pero mi vida sería un infierno. Encima, para joderlo más, dejé de ir con chicas en tonto intento de… No sé si de demostrarle fidelidad, una fidelidad que ella no podría apreciar nunca.

Un sábado de primeros de septiembre, sabiendo que mi hermana estaría por ahí de marcha o con algún tío, regresé pronto a casa, antes de las 11:30 de la noche, suponiendo que mis padres aún estarían despiertos. En efecto, al entrar en el salón, estaban sentados viendo la tele.

Echándole huevos, me hacían falta, les dije que quería hablar con ellos de una cosa muy seria, me invitaron a sentarme en otro sillón.

-Papá, mamá, tengo un problema enorme y necesito que me escuchéis y luego, me entendáis y ayudéis a tomar la mejor decisión posible. Así no puedo seguir. – Dije con voz tomada.

-¿Qué te pasa hijo? Me estás asustando. Dinos lo que te preocupa, no tengas miedo, te ayudaremos como mejor sepamos. – dijo mi madre.

-Mirad, sé que es una especie de abominación, algo incomprensible… No sé cómo decirlo sin que os enfadéis…

-Venga Luis, sabes que siempre hemos intentado ser comprensivos con vosotros, tan malo no puede ser. – Continuó mi padre.

-Bueno, allá va. Me he enamorado de Lidia, enamorado de verdad. No es de ahora, llevo un tiempo así, he intentado quitármela de la cabeza, salir con otras chicas y nada, sigo colgadísimo de ella. Quizás no lo entendáis, sólo puedo deciros que me ha pasado y no lo puedo controlar.

-¡Cómo! ¿Tú estás bien? ¿De tu hermana? ¡Eso no puede ser! ¡Va contra natura! ¡Nosotros no te hemos educado así! Esto es… ¡No sé ni lo que es! – Gritó mi padre. Mi madre se había quedado pálida.

-Ya sabía que no lo ibais a entender. Simplemente me ha pasado, no lo he buscado para nada. Sé que no voy a hacer nada en su contra, pero es una tortura continua tenerla al lado y saber que nunca podré estar con ella. Por eso os lo cuento, porque creo que me tengo que ir de casa, esta situación es insostenible para mí y, ahora que lo sabéis, también para vosotros. – Dije ya con lágrimas en los ojos.

Mis padres estuvieron un rato callados, se miraron, hablaron entre ellos…

-Por lo menos has tenido el valor de contárnoslo y no intentar engañarnos, eso dice mucho de ti. Pero tienes razón, aquí no puedes seguir. Puedo entender que en los sentimientos no se mande, pero tú tienes que saber que no podemos permitirte estar con Lidia, antes o después acabaría pasando algo entre vosotros o contigo mismo ¿Qué tienes pensado hacer?

-Irme lo más lejos posible y no regresar, por lo menos, hasta que esté seguro de que lo he superado, es lo mejor. Sólo necesito el dinero de la matrícula de la universidad, del resto ya me encargaré yo y no os diré dónde voy para no poneros en un compromiso; si Lidia pregunta, decidle simplemente que me he marchado. Os quiero muchísimo a los dos, pero puede que no me veáis en una buena temporada.

Me levanté y los abracé, ahora éramos los tres los que llorábamos de emoción.

El lunes siguiente, todavía a primeros de septiembre, de madrugada, preparé una mochila con algunas cosas, cogí el dinero que tenía en casa más mi cartilla de ahorros y me dispuse para la marcha. Pasé por la habitación de Lidia, abrí su puerta y al verla, me quedé anonadado ¡Qué guapa era! Me acerqué a su cama, me quedé mirando su cuerpo, tapado por una sábana, durante mucho tiempo.

Las lágrimas empezaron a anegar mis ojos, la congoja me atenazaba la garganta… Con amor y rabia a un tiempo, me incliné sobre su cara y la besé, suavemente al principio para seguir con más intensidad…

Naturalmente despertó y, medio dormida, dio un gritito.

– ¡Luis! ¡Qué coño heces! ¿Estás tonto? – Dijo sin terminar de abrir los ojos, pero reconociéndome y con muy mala leche.

Me quedé de piedra, me ratificó en mi decisión de irme de esa casa, Lidia, por lo menos conmigo, tenía siempre un mal genio… no me aguantaba ni una.

-Aunque sea por ti, no te sientas culpable. – Contesté. A toda prisa salí de su cuarto y, sin tan siquiera cerrar la puerta, me dirigí a la salida donde, procurando no hacer ruido, me fui de mi casa para no volver jamás.

Me dirigí rápidamente hacia la estación de autobuses, ya amanecía y no tuve problemas con el metro para llegar. Una vez allí, me quedé mirando el teleindicador con las salidas previstas, no tenía ni idea de hacia dónde ir, sólo necesitaba una ciudad que tuviera universidad…

Más por casualidad que otra cosa y porque no la conocía, me dirigí en un autobús de línea hacia una provincia del noroeste lo suficientemente alejada de la mía.

Al llegar, me costó instalarme, aparte de ciudad nueva, no conocía a nadie. Cogí una habitación en la pensión más barata que encontré, gracias a Dios, mis padres me habían dado el número de su cuenta bancaria para domiciliar los pagos de la matrícula de la universidad, en la que me aceptaron a la espera de traslado de expediente. Lo siguiente, buscar un trabajo… Me costó más de lo esperado, pero tras un par de meses, lo encontré en una conocida cadena de comida rápida. Y a partir de ahí, empezaron a pasar los años entre estudios y trabajo, sin salir apenas de la pensión donde, la buena mujer que la regentaba, tenía a bien lavarme la ropa por un módico precio.

No salía casi nunca, si quería sacar buenas notas, tenía que estudiar de lo lindo y con el trabajo, apenas me quedaba tiempo para nada y acababa molido. A parte de la vecina mayor cuando era crío, nunca me había prodigado en temas sexuales, no es que no me gustaran las chicas o no tuviera necesidades, pero a raíz de enamorarme de Lidia, mis apetencias eran casi nulas. Alguna vez salí con alguna chica que no quisiera compromiso por el mero hecho de desahogarme, muy pocas veces en todos estos años y prácticamente no tenía amigos… Mi vida transcurrió monótona hasta acabar la carrera, pasando los veranos trabajando en Inglaterra y Francia como limpia platos de algún restaurante o cualquier otro trabajo igual de “bueno” para conseguir un buen nivel de inglés y francés. Un auténtico infierno durante cuatro años.

Sin embargo, al terminar los estudios, en esta ciudad apenas había másteres de calidad para poder optar a buenos trabajos, había estudiado un grado en dirección y administración de empresas y mi idea era encontrar trabajo en alguna empresa importante, para ello, el máster tenía que ser de los mejores y esos, la mayoría, se estudiaban en Madrid o Barcelona.

Volví a mi ciudad natal sin dar señales de vida en mi casa, encontré una habitación en un piso compartido, en un barrio alejado del mío para no tener que ver a nadie ni por casualidad.

En todo este tiempo, escribí a mis padres bastantes veces por correo electrónico para que supieran de mí y tuvieran conocimiento de todo lo que hacía. Jamás volví a hablar de Lidia ni ellos comentaban nada, era tema tabú. Consecuentemente, de mi hermana no sabía nada; fui sincero con ellos y les dije que no se me había pasado lo que sentía por ella, sólo se había atemperado por la distancia. Suponía que, si volvía a encontrarme con Lidia, volvería a pasarme lo mismo.

Gracias a que había ahorrado bastante, no por tener un buen sueldo sino por no gastar apenas nada, aparte de la ayuda paterna para todo lo referente a estudios, pude matricularme en uno de los mejores másteres MBA que se impartían en la capital. Fueron quince meses muy duros en los que sólo pude estudiar y trabajar, pasando sueño y privaciones. Siempre pensé “el que quiere, puede”.

Después de muchísimo esfuerzo, más del que pude sospechar siquiera, acabé el máster y conseguí las prácticas (remuneradas) en una multinacional americana que todo el mundo conoce. A partir de entonces, la vida empezó a ir mejor, encima, al acabar el año de prácticas, por mi buen rendimiento, me ofrecieron un puesto fijo en la empresa, con un más que considerable aumento de sueldo.

Con dicho aumento, me embarqué en la compra de un pisito pequeño para mí solo, me sobraba dinero para salir los fines de semana, permitirme pequeños caprichos e incluso ahorrar un poco. Sólo tenía veinticuatro años y parecía que mi vida se encauzaba, por lo menos en el aspecto laboral, que no en el sentimental, de forma definitiva.

Vivía buenos tiempos, aunque siempre me quedaba el resquemor de no haber visto a mi familia en seis años y sólo haber mantenido contacto por correo, pero me había acostumbrado a ser un auténtico solitario, como dije, ni con mujeres salía, después de lo mujeriego que fui. Tantos años de trabajo y estudio sin apenas tiempo para mí… Incluso mi querida hermana había pasado a un difuso segundo plano.

Un buen fin de semana, más por insistencia de mis compañeros que por ganas, quedé en salir a tomar unas cervezas por alguna de las zonas de moda de la capital. Estábamos un grupo de chicos y chicas, todos compañeros de la oficina, en un bar muy frecuentado, yo había tomado un par de cervecitas y estaba de buen humor. La verdad es que hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan entretenido.

De repente, alguien me tocó el hombro, llamando mi atención.

-¿Luis? ¿Eres tú? – me dijo aquella chica a la que reconocí inmediatamente.

Ya no tenía los dieciocho años de como la recordaba, tenía el pelo algo más corto, a la altura de los hombros, seguía siendo delgada, pero con todo en su sitio, tetas medianas que se marcaban estupendas en su camiseta, un culo de locura, redondito y respingón, bien ceñido por su pantalón vaquero, una cara preciosa que en ese momento denotaba asombro y unos ojazos verdes que llamaban la atención de cualquiera.

¡Mierda! ¡Se jodió el invento! ¿Pues no me acababa de encontrar a mi hermana?

Todos los sentimientos reprimidos durante tanto tiempo afloraron y se desbordaron como una riada y a punto estuvieron de ahogarme, dejándome petrificado.

¡Joder! ¡Estaba más buena que entonces!

-¡Hostias! ¡La madre que me parió! – Solté en un medio grito, completamente alucinado, intentando por todos los medios recuperar la compostura.

Se sorprendió por mi cara de espanto y nula alegría al verla

-Venga Luis, deja de hacer el idiota ¡No pongas esa cara de gilipollas! ¿Quieres? Que soy yo, Lidia, tu hermana. – Sin embargo, no hizo amago de acercarse.

Me quedé tan parado como ella, con cara seria le dije

– ¡Lidia! ¡Qué ilusión! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal estás? – No sé ni cómo conseguí decir algo, me había quedado con la garganta seca. Naturalmente seguí clavado en el sitio.

– ¿Te veo después de un montón de años y sólo me preguntas “qué tal estás”? ¡Como si nos hubiéramos visto ayer! – Ya se estaba poniendo de mal humor.

– Bueno, sí, claro… ¿Qué quieres que pregunte? Aunque ya veo que estás muy bien… Ha sido toda una sorpresa verte por aquí – Seguía igual de alucinado y mi cara no debía de ayudar en nada. Lidia estaba adquiriendo un color que pasaba del blanco al más encendido carmesí.

– ¡Qué soy tu hermana, imbécil! ¡Que no te hemos visto durante seis años! ¿Eres así de gilipollas? ¿Qué coño te hice? Todavía me acuerdo del día que desapareciste, después de besarme estando dormida, me dijiste “por ti” y jamás volvimos a verte el pelo. No te puedes imaginar cómo lo han pasado los papás. Tampoco pensaste en ellos ¿Verdad? ¿Y yo? ¿Nunca te has preguntado cómo estaba yo? – Se desfogó del todo

– Siempre me escribo con los papás, me han ido contando todo de todos estos años, pero de ti, si quieres que sea sincero, no me han dicho mucho… – No me dejó ni continuar

– ¡Eres un hijo de la gran puta! ¡Sin ofender a tu madre, que es una santa! No sé si alguna vez te hice algo, no tengo ni idea de por qué te fuiste, pero ahora que te veo, eres el tío más gilipollas que me he echado a la cara– Seguía gritándome toda sulfurada.

Di media vuelta para reunirme con mis compañeros, pero habían desaparecido. Creo que, vista la bronca que se estaba montando, prefirieron hacer “mutis por el foro”.

Entonces sí que me pillé un mosqueo considerable, pero no sabía si era conmigo mismo, con Lidia o con mis compañeros que me habían dejado tirado. Me dio un bajón de la leche, casi me caigo al suelo totalmente derrotado, me sujeté en una banqueta de la barra y me volví hacia mi hermana.

Abatido, me encaré con ella con bastante mala leche.

– Bueno, está bien, ya me has visto y, sí, soy un hijo de puta ¿Qué quieres de mí ahora? – Dije a media voz.

– ¿Que qué quiero? Luis, hace seis años te fuiste de casa sin decir nada a nadie, sólo te acercaste a mí para decirme que por mi culpa te marchabas ¿Qué te hice? No me lo explico.

Cada vez estaba más cansado psíquicamente, estaba guapísima y ahora no podía apartar mis ojos de ella, los recuerdos de mi enamoramiento volvían, muy a mi pesar, con más fuerza aún…

-No dije que fuera por tu culpa, dije era por ti. No es lo mismo, quizás estés extrañada por todo eso… – Dije con cautela

– ¿Extrañada? Nooo, qué vaaa. Extrañada no, lo siguiente. Seis años sin saber de ti, sin saber si te había pasado algo o te había tragado la tierra… Y te encuentro aquí, tomando unas cervezas como si nunca te hubieras ido. Muy normal no es, Luis, creo que, por lo menos, me debes una explicación, a mí y a los papás. – Contestó sin tanta rabia como al principio.

– Sí, Lidia, quizás te la deba… Pero no puedo dártela, ahora no por lo menos –

Mi hermana volvió a sulfurarse

– ¿Cómo que ahora no? ¿Y a qué coño hay que esperar? – Me gritó.

– A que esté preparado y no lo estoy, ha sido una sorpresa verte, no lo esperaba para nada, me he quedado descolocado. – Contesté fríamente.

– Que te has quedado descolocado. Que no lo esperabas ¿Y yo? ¿Yo no cuento nada? Me he quedado flipando en colores cuando te he visto y más cuando has reaccionado con cara de espanto.

Totalmente desbordado, era incapaz de seguir la conversación sin venirme abajo o ponerme a gritar cabreado. Decidí irme de allí para no quedar en ridículo o hacer una burrada.

-Dile a los papás que me has visto y estoy bien, si quieres. Yo me tengo que ir. – Dije a punto de ahogarme.

Di media vuelta y enfilé a toda prisa la salida del bar sin esperar a que Lidia dijera o hiciera nada. Una vez fuera, empecé a caminar a buen paso hasta una parada de taxis que había en la esquina. Cogí uno y me fui a mi casa. ¡Vaya sorpresa me había llevado! ¿Quién iba a imaginar que me encontraría a mi hermana en un bar?

Me había quedado hecho polvo, no me lo esperaba y no estaba preparado ¡Qué guapa estaba la cabrona! ¿Les diría a mis padres que me había visto? No había tenido la decencia de llamarles en todos estos años, sólo nos escribíamos para evitar que mi hermana supiera de mí y ahora esto…

Llegamos frente a mi edificio, pagué la carrera y entré en mi casa. Era un edificio de apartamentos de uno o dos dormitorios, bastante moderno y que estaba bien, yo tenía uno de dos habitaciones que, para mí, hasta sobraba.

Ni cinco minutos después sonaba el timbre de la puerta, muy extrañado fui a abrir.

Casi se me caen los huevos al suelo cuando vi a mi hermana bajo el dintel ¿Cómo coño me había encontrado?

– Hola otra vez ¿Puedo pasar? – me dijo con toda la desfachatez del mundo.

Según cruzaba la puerta fue directa al sofá del salón y yo, mirándola con cara de bobo. Me repuse enseguida.

– ¿Cómo me has encontrado? – Pregunté alucinado.

– He salido rápidamente del bar, he cogido mi moto cuando he visto que te ibas en un taxi y aquí estoy, me he colado en el portal en cuanto has pasado antes de que se cerrara del todo la puerta, luego he mirado el buzón para encontrar el piso.

– Bueno, ahora ya sabes donde vivo ¿Qué quieres? – Dije mientras se sentaba.

– Joder Luis, no seas gilipollas. Te veo después de un huevo de años, te pregunto dónde has estado o por qué te fuiste y me contestas que te he descolocado, que no me puedes contestar. – Me soltó con bastante mala baba.

Pensé en el mal humor que solía tener conmigo, veía que no había cambiado mucho así que, cansado de todo, intenté ser lo más sincero posible para que desapareciera definitivamente de mi vida, si se enteraba de todo, lo más probable es que se apartara definitivamente de mí por propia voluntad. Si seguía viéndola, toda mi fachada se vendría abajo antes o después y pasaría a ser un ser amargado como antes.

– Mira Lidia, no me preguntes cómo, ni cuándo, ni por qué, me enamoré de ti. Me enamoré de verdad y no pude aguantar la convivencia sin decirte nada, sin que lo acabaras notando, sin que los papás sospecharan… Estaba seguro de que, al final, si tú o los papás os dabais cuenta, me convertiría en un apestado en mi propia casa y acabaría pegándome un tiro. Intenté ser sensato, no podía hacerte eso a ti, ni a ellos, ni a mí mismo, no podía poneros en ese compromiso, no me quedaba más remedio que irme. Y ahora que lo sabes, ya te puedes marchar y reírte de mí lo que quieras, ya ni me importa… –

Me había explayado, me había quitado un peso de encima y me quedé mucho más tranquilo, solté esa carga que llevaba amargándome durante años. Me dirigí a abrir la puerta de la casa para que Lidia se fuera, pero no hizo el más mínimo intento de moverse. Desde el cuarto de estar, allí de pie, me miraba con los ojos como platos y la boca abierta.

– ¿De mí? ¿Enamorado de mí? ¡Coño! ¡Coño! ¡Coño! ¡Así que era eso! – Casi gritó mi hermana.

– ¡Pues sí! ¿Ya estás tranquila? Ahora ya puedes ir a descojonarte de mí por ahí, que el imbécil de tu hermano se enamoró de ti, que no tuvo huevos de decírtelo y se tuvo que pirar de casa a amargarse la vida, a pasarlo de puta pena, sin familia, ni amigos, ni nada para intentar seguir adelante. – Seguí con un poco de mala baba. Realmente, ni había levantado la voz.

– Eres un imbécil – Siguió ella – Esas cosas se hablan, no se deja plantada a la familia o se da semejante disgusto por una chorrada así ¿Qué te habías enamorado? ¿Y qué? ¿Cuánta gente se enamora y se lo guarda bien guardado sin que nadie se entere? Pues mucha, Luis, mucha. No se hace el gilipollas y se jode a la gente por eso, hay que ser más maduro ¿No crees?

– No sé, Lidia, no sé si hay que ser más maduro. Es evidente que yo no lo era y no pude soportar la situación, si no hubiéramos vivido juntos, quizás sí, pero… De todas formas, lo he pagado bastante caro, mantenerme solo, estudiando, trabajando hasta la extenuación, etc. no ha sido nada fácil. Vosotros os teníais unos a otros en casa, supongo que los papás lo habrán pasado mal, pero sabían de mí y tú, tú les tenías a ellos, tenías a tus amigas, tus novios… No creo que para ti haya sido tan duro…

Se levantó y me dio una bofetada en toda la cara, mirándome con unos ojos que echaban fuego.

Me quedé helado (a pesar de que la mejilla me ardía)

– ¿A qué coño viene esto? ¿Te he hecho algo yo a ti? – Le dije, bastante sulfurado ¡Qué guantazo me había soltado sin esperarlo ni por lo más remoto!

– Esto viene a que eres gilipollas, a que nos has tenido con el alma en vilo durante años. No tengo ni idea si los papás sabían tus motivos para marcharte, pero ¿Qué no me dijeras nada más en todo este tiempo? ¡Un auténtico hijo de puta! ¡Un cabrón sin sentimientos! – Lidia se iba congestionando y levantando la voz cada vez más.

Para evitar males mayores, porque llevaba demasiado tiempo pasándolo mal, porque estaba hasta los huevos de esconderme de ella y no saber controlar mis sentimientos, porque estaba harto y muy cansado mentalmente, no le devolví la leche en toda la jeta, a pesar de las ganas. Necesitaba estar solo, tenía que recapacitar sobre lo que sentía, pero, sobre todo, tenía que perderla de vista y pedir perdón a mis padres.

Me fui hacia mi habitación, dije a Lidia que se fuera o que se quedara en el otro cuarto que tenía, que me daba igual. Me duché, me puse el pijama y me metí en la cama a llorar mis penas.

¿Por qué a mí? ¿No podía tener ni un respiro? Cuando parecía que las cosas iban mejor, tenía que aparecer ella para demostrarme que seguía tan colgado como cuando me fui, idealizada por los años, para más coña. Peor suerte no podía tener ¿No valían los seis años de soledad y sacrificio? ¿No me merecía un poco de descanso? Está claro que eso de “merecer” no tiene que ver con ningún mérito…

Tardé mucho en dormirme, ni siquiera descansé bien. Al levantarme e ir a hacerme el desayuno en la cocina, me llevé otra sorpresa, Lidia seguía allí, preparando un café, con una toalla rodeando su cuerpo y otra la cabeza ¡Por Dios! ¿No se podía haber marchado durante la noche?

– Buenos días – Dije. Más seco no pude ser. – ¿Qué coño haces todavía aquí?

– Buenos días a ti también – Contestó alegre, dejándome pasmado. -Tienes una casa preciosa. Venga, vístete que he llamado a los papás y hemos quedado para comer. – Soltó con todo su desparpajo.

Flipando en colores, ni me atreví a contestar ¿Para qué? Tratándose de mis padres, Iba a hacer lo que ella dijera, sí o sí…

Ya en la casa paterna, todo fueron besos, abrazos y alegría, ni siquiera yo me explicaba cómo no me decían nada de Lidia, quizás para que ella no se diera cuenta de nada, así que lo dejé pasar. Tras contar mi vida de estos años, mis logros estudiantiles, mi trabajo, etc., mis padres me miraban con orgullo y daban ciertas indirectas a mi hermana que me indicaban que ella no debía de ser una estudiante muy allá. En efecto, ni siquiera había acabado el grado que estudiaba.

Pero bueno, conmigo estuvieron fenomenal, luego, en un aparte en que mi hermana fue a preparar café, me preguntaron qué tal estaba con Lidia y les dije la verdad. Por consiguiente, lo más rápido que pudiera, iba a pedir un traslado a otro sitio, otro país si era necesario.

-No tengas prisa Luis, ahora tienes tu propia casa y no verás a tu hermana todos los días, a nosotros nos gustaría que te quedaras ¡Has estado fuera tanto tiempo! – Me soltó mi madre con el apoyo total de su marido.

-Bueno, ya veremos, depende de cómo me vaya encontrando ¿Vale?

-Si hijo, tú piénsalo – Sentenciaron.

Estuve una temporada en Madrid, iba a casa de mis padres a comer casi todos los fines de semana, pero Lidia… Lidia aparecía una tarde sí y otra también en mi casa, todas las veces con un chico para follar, había convertido mi piso en su picadero, y… ¡Eso ya sí que no! ¿Es que esta tía no se enteraba de lo que le había dicho?

Visto el panorama, tardé menos y nada en pedir el traslado, si podía ser, a la central en USA, gracias a mi buen currículum lo conseguí en menos de 15 días ¡Lo único que me faltaba! ¡Tener a mi hermana follando en mi casa y en mis morros! O esta tía no se había enterado bien de lo que había, o era una hija de puta de cuidado.

Naturalmente se lo comenté a mis padres, les dije que, por ellos, estaba dispuesto a aguantar ver a Lidia de vez en cuando, pero esto… Gracias a Dios lo entendieron, aunque sé que no les hizo ninguna gracia.

Estuve viviendo dos años en los Estados Unidos, al cabo de los cuales regresé a mi casa y a mi trabajo, por suerte, con un aumento de sueldo que me venía muy bien.

Al regresar de nuevo, nada más llegar del aeropuerto a mi piso, a media tarde y con el Jet Lag a cuestas, me encontré a mi “amadísima” Lidia en el salón, viendo la tele en ropa interior. Se levantó a saludar muy nerviosa mientras yo, totalmente asombrado, le preguntaba qué puñetas estaba haciendo allí y de esa guisa.

En ese momento apareció un fulano que salía del baño, con una de mis toallas enrollada en la cintura.

-Oye tía ¿Este tío quién es? – Soltó aquel imbécil por su boquita y con mucho recochineo. – ¡No me estarás poniendo los cuernos! –

-Espera tío, es mi hermano, acaba de llegar de Estados Unidos y… – No le dio tiempo a soltar más.

– ¡Vaya! Tu hermano. Bueno, pues ya le has visto, ahora que se pire de tu casa y nosotros seguimos a lo nuestro. ¡Venga tío! ¡Ahueca! – Soltó en plan borde.

Me puse de todos los colores.

-Oye Lidia, este gilipollas, que supongo será tu novio ¿Quién se cree que es? ¿Y ahora esta es tu casa? ¡Joder qué sorpresa! Tú, imbécil, la casa es mía, no de ella y la toalla que usas también, así que coge tus cosas y sal de aquí echando leches. – Le dije muy cabreado, dirigiéndome a ambos.

El tío se rio y no tuvo mejor idea que venir a por mí.

-Te vas a enterar, gilipollas. A ver quien se va echando leches… – Avanzando hacia mí, en plan gallito.

De la primera ostia en mitad del plexo, le dejé pardo en seco, la segunda en la nuez, le dejó sin poder ni respirar. Con la tercera, simplemente le rompí la nariz. Lidia era incapaz de decir nada y yo, con toda la calma, le saqué a la puñeterísima calle en pelotas, no le dejé ni la toalla y tiré su ropa por la ventana.

Fue entonces cuando mi hermana me empezó a gritar y llamar de todo menos guapo, a ponerme de vuelta y media, a…

La cogí del brazo sacándola a la puta calle con su novio, que seguía en el descansillo de la escalera, todo desnudito y con la cara partida.

-¡Ni os volváis a acercar a esta casa en la vida! ¡Y dame las llaves ya! – Dije gritando.

-Las tengo en mi pantalón. – Me contestó acojonada. La había dejado como estaba, en ropa interior. Cogí las llaves y tuve la decencia de tirarle la ropa al descansillo, no por la ventana como al otro gilipollas.

Por lo que luego me enteré, durante aquellos dos años pasados fuera, esta había sido prácticamente la residencia de Lidia, junto con el novio ese que tenía. Yo flipaba con ella.

Vacié todas sus cosas llevándolas a casa de nuestros padres, por ellos me enteré de que había tenido una bronca de espanto con su noviete que, al ver que no tenía casa y le había engañado, la dejó plantada ¡Se lo merecía por imbécil! Si me llega a pedir el piso a mí, se lo hubiera dejado. Lo malo fue la mentira y encima, que el idiota ese me intentara pegar ¡Lo que me faltaba!

A partir de entonces, volví a comer, algunos fines de semana, con mis padres, procurando que mi hermana no estuviera presente jamás hasta que, uno de esos días, apareció a mediodía por la casa paterna a pedirme perdón.

-¿Ahora perdón? – No pude menos que preguntar, aunque sabía de sobra de qué iba el asunto.

-Por haber ocupado tu casa sin decirte nada y, sobre todo, sin decírselo a mi ex novio que ha resultado ser un impresentable de cuidado. De verdad, espero que me perdones. – Me miraba compungida. Realmente me esperaba esa petición de perdón, así podría volver a mi casa a usarla de picadero, cosa que no pensaba permitir. Lo que sí me extrañó fue que cortara con su novio sólo por la casa.

-Bueno Lidia, tampoco pasa nada porque usaras mi casa. Lo que me jodió fue que no me lo dijeras, que no me la pidieras directamente y, para colmo, que tu novio intentara echarme de ella a golpes. Me pareció un cretino. Pero tú puedes ir cuando quieras, eso sí, si es con pareja, prefiero que no, o que yo no esté por lo menos, así que, si vas a aparecer por allí, avisa. No me gustaría volver a encontrarme otro numerito parecido.

-Gracias Luis, no sabes cuánto te lo agradezco, de verdad. – Me contestó afligida

Pasaron unos cuantos días hasta que Lidia, un sábado por la tarde, vino a mi casa, curiosamente sin compañía.

-¿Cómo es que vienes sola? – Le pregunté extrañado.

-Nada, venía a hacerte una visita, a pasar un rato contigo, si no te importa. – Contestó con desparpajo.

Me quedé a cuadros.

-No, no me importa, pero nunca has venido a hacerme visitas, siempre ha sido a echar algún polvo con alguno de tus rollos, que yo sepa. – Ni siquiera se lo dije de mosqueo.

-Ya, ya lo sé. Pero era más fácil venir aquí que andar en un coche o buscando algún hotel o algo así.

-Supongo. Pero qué quieres que te diga, después de lo que te conté, de por qué me fui, me parecía muy fuerte lo que hacías, era restregarme por los morros lo que nunca iba a tener. No te enfades, pero me pareciste una auténtica hija de puta con todo eso, así que, me tuve que volver a marchar. Ahora, si quieres venir con tus rolletes, o novios, o lo que sea, me pides permiso. No pienso volver a pasar por lo mismo otra vez. – Le contesté serio.

-Sabes por qué hacía todo eso ¿No? – Me contestó igual de seria.

-Ya me los dicho, por falta de sitio. – Dije lo evidente.

-Sí y no. Para ser sincera, era más por pasártelo por los morros que otra cosa. Quería ver qué hacías, a ver si te lanzabas de una vez.

– ¿Lanzarme? ¿Lanzarme a qué? No me vaciles Lidia – Me empezaba a mosquear un poco. No sé qué pretendía con eso de lanzarme, si se refería a ella, entonces sí que flipaba ¿Cómo pretendía que lo hiciera estando con otro tío? No me iba a liar a golpes, digo yo. Y tampoco me había dado la más mínima prueba de que pretendiera algo diferente, total, no me enteraba de nada.

-Pues lanzarte a por mí – Siguió – Esperaba que te decidieras a hacer algo al ver cómo utilizaba este piso estando tú. Ya sé que fui un poco golfa, pero no pensé en otro método.

-Vamos a ver, Lidia, que yo me entere ¿Estás diciéndome que te portabas como un putón verbenero intentando darme celos? – ¡Toma Jeroma, pastillas de goma!

-Sí, Luis, es lo que pretendía. También te quiero ¿Sabes? Pero yo he sido capaz de guardármelo para mí sin que se enterara nadie, siempre has sido mi amor platónico, ese que sabes que nunca va a conseguir, por eso me dio tanta rabia enterarme de que también me querías y no supiste aguantarlo, de que no tuvieras valor para decírmelo, de que por eso te fueras y me dejaras, me pareciste un cobarde, un cobarde que me abandonó.

Con los ojos como platos, la mandíbula colgando y un principio de taquicardia, me quedé mirando a Lidia sin poder creerme lo que había dicho ¿Qué también me quería “de esa forma”? ¿Qué lo había aguantado? ¡La Madre de Dios!

-Pues que quieres que te diga, quizás tú no eras tan “platónica” para mí, o fui más cobarde, como dices. La cuestión es que, conforme fuimos creciendo, yo me sentía peor estando a tu lado, cuando te enrollabas con otros tíos, cuando lo poco que hablabas conmigo era siempre de mala leche, para mí, la situación se hizo insoportable, entiende eso por lo menos. Ya te dije que estar tantos años fuera, estudiando y trabajando, sin apenas amigos y, mucho menos, amigas, estar prácticamente solo, tampoco es que haya sido muy agradable. – Dije con sinceridad.

-Supongo que no, pero te repito que yo me sentí abandonada y no supe por qué. Sólo el día que te fuiste y me dijiste que era por mi … Pensé que, para ti, yo era un cero a la izquierda o algo peor, la verdad es que ni se me ocurrió que ese “por ti” fuera porque me querías… Y cuando te vi en aquel bar al cabo de seis años… No sabía ni qué decir, sólo me di cuenta de la rabia que me dio al encontrarte tan tranquilo… No sé, Luis, a partir de entonces, de que me contaras que te habías ido por estar enamorado y no haberme dicho nada, de estar tantos años sola… Sólo quise hacértelo pagar, que vieses con cuántos tíos me enrollaba delante de tu cara, que te murieras de envidia. Lo que no supuse es que te volvieras a ir ¡Te quiero! ¿Sabes? Y en estos dos años que has estado fuera, me di cuenta de que ya no eras ese “amor platónico”, ahora “sabía” que te quería de verdad, como hermano y como hombre y… Y no se me ocurrió otra forma de sacarte de mi cabeza que estando con otros. Sólo quiero pedirte perdón, al final he sido tan cobarde como tú, además de convertirme en una golfa…. – Sus lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

Con el corazón a punto de salírseme por la boca me acerqué a ella sin estar seguro de nada, me arrodillé entre sus piernas y le acaricié la cara llena de esas lágrimas que habían empezado a caer. Tímidamente me incorporé un poco y le di un suave beso en los labios…

-No llores, anda, tampoco es el fin del mundo. Sólo hay un par de cosas que aclarar y ya está, serénate y lo hablamos – Le dije con cariño

-¿Qué quieres aclarar? ¿Qué nos queremos? ¿Qué nuestro amor es imposible? ¡Eso ya lo sé! ¡No hace falta que me lo repitas! – Me contestó entre hipos.

-No Lidia, mi querida hermana, lo que tenemos que decidir es si vamos a estar juntos o no, si vamos a ser pareja, si vamos a tener hijos… A todo eso me refiero ¿Me quieres lo suficiente para dar ese paso? – Tenía el corazón en un puño esperando su decisión.

-Sí, Luis, te quiero todo eso y más, pero están los papás, no querría darles ese disgusto…

-No te preocupes, son nuestros padres y nos quieren, además, saben que yo estoy enamorado de ti y jamás se han enfadado conmigo. Si les vamos a dar el disgusto, lo haremos juntos, estoy seguro de que, más pronto o más tarde, lo entenderán o lo asumirán ¡Qué remedio les queda! – Dije seguro de mí mismo.

Entonces Lidia, aun llorando, me aupó sobre ella para darme uno de los mejores, si no el mejor, beso de mi vida. De los suaves picos en los labios, fuimos pasando a pequeños mordiscos en ellos, a tenues pases de lengua por los dientes, a ir subiendo en intensidad en una auténtica batalla de bocas.

Las manos también entraron en acción, acariciaba a Lidia el pecho por encima de la ropa, la espalda hasta sus nalgas… Ella se perdía en la mía hasta amasarme el culo. Le quité la camiseta y me quedé mirando la perfección de sus pechos atrapados en el sujetador, que tardó menos y nada en seguir el camino de la anterior prenda.

Me dediqué a agasajar esas montañas divinas de areolas rosadas y pezones pequeños, eran de la medida justa de mi mano, eran divinas, Esos pequeños pezones dejaron de ser tan pequeños, erizándose en poco tiempo, las propias areolas se inflamaban poco a poco, mientras, Lidia no permanecía ociosa, mi camiseta salió volando entre sus manos y mis pezones fueron chupados y mordidos por ella.

Tras un rato, no sé si mucho o no, mis manos fueron a sus piernas, acariciando sus prietos muslos, subiendo su falda hasta dejar al descubierto su femenina ropa interior. A la vez que ella desabrochaba la cremallera, le ayudé con sus braguitas, acabando ambas prendas en el suelo al pie del sofá. Antes de que ella pudiera quitarme los pantalones como pretendía, metí raudo mi cabeza entre esas columnas de alabastro, aspirando su aroma de mujer, besando la cara interna de sus muslos acercándome a su tesoro… En mi vida había sentido tanto cariño, tanta excitación, mi polla era una dura barra atrapada dolorosamente en mis pantalones.

Besé sus labios externos con delicadeza, con mis dedos abrí el cofre del tesoro apareciendo ante mí unos labios rosados que protegían la entrada, más rosada aun y el capuchón de su clítoris que, poco a poco, se hacía más visible. Recorrí con la lengua toda su cueva, recreándome también en su estrecho esfínter y el perineo. Lidia daba suaves gemidos intercalados con los jadeos de su agitada respiración.

Introduje la lengua, todo lo que pude, en su interior, intentaba llegar lo más profundo posible, hacía círculos rápidos en la entrada de su vagina excitando las glándulas secretoras de sus propios flujos. Sacando la lengua introduje un dedo, seguido de un segundo superpuesto al anterior. Rodeaba el cuello de la matriz, excitaba sus paredes internas…

Cuando noté su punto G, lo froté de delante a atrás y de derecha a izquierda a la vez que aplicaba mis labios a su clítoris palpitante… En pocos segundos levantó las caderas del sofá, me apretó la cabeza entre sus piernas y, al iniciar una succión continua, sin llegar a ser dolorosa sobre su botón de placer, se corrió en uno de los orgasmos más maravillosos que nunca hubiera contemplado.

Tardó unos minutos en relajarse, realmente había sido devastador, aproveché para desnudarme del todo, subirme encima de ella y dedicarme a darla suaves besos en toda la cara, especialmente en sus labios.

Su sonrisa era preciosa, me miraba casi con adoración, jamás sentí tanto amor como en ese momento. Miró hacia abajo, cogió mi miembro y lo situó en la entrada de su tesoro, con toda la suavidad que pude, golpe a golpe, en pequeños vaivenes, la penetré, por lo menos hasta que mi polla llegó al fondo de su interior.

Follamos o, mejor dicho, hicimos el amor durante mucho tiempo. Su vagina arropaba mi polla como un guante, era capaz de “tragársela” toda sin dejar casi nada fuera. Contando con que mi herramienta era grandecita, me pareció una pasada, pocas veces lo conseguía.

Lidia gemía y jadeaba, yo amasaba sus pechos y pellizcaba sus pezones, sin parar mis caderas en ningún momento. Fuimos cambiando de posturas, cuando se corrió por primera vez con mi polla dentro, me tumbó en el sofá empalándose ella sola. Se mantenía erguida con sus tetas botando, se tumbaba sobre mí para besarme el cuello, los pezones… De vez en cuando los labios…

Tuvo otro orgasmo tremendo y yo, increíblemente, seguía con capacidad de aguantar lo que me echara. Se puso a cuatro patas y se la introduje por detrás, acariciando sus nalgas, sus pechos, su clítoris inflamado. En muy poco tiempo volvió a tener otro orgasmo tremendo, sus jadeos pasaron a ser auténticos gemidos de placer… Yo seguía, ella se corría… Creo que empezó a encadenar orgasmos de forma seguida, no paraba, hubo un momento en que se dejó caer sobre la cama dando una especie de alarido interminable.

– ¡Luis! ¡Por Dioooos! ¡Para! ¡Paraaaaa! ¡No puedo máaaaaasssss!

-Hice dos o tres acometidas más y logré correrme en su interior, fue apoteósico, en mi vida me había corrido igual, creí que se me iba el alma y la vida por la polla. Acabé exhausto.

Me tumbé junto a ella acariciándole suavemente los brazos, la espalda llena de sudor, la cara… Le daba suaves besos en los labios mientras intentábamos recuperar el resuello, había sido un polvo de época, para mí, el mejor de mi vida con diferencia.

Ni siquiera nos levantamos, estuvimos lo que quedaba de tarde y parte de la noche haciendo el amor, descansando juntos, acariciándonos y besándonos hasta que nos quedamos dormidos.

El domingo por la mañana llamé a mis padres para decirles que Lidia y yo iríamos a comer con ellos, que queríamos hablar de algo importante. A pesar de sus preguntas, no consiguieron sacarme nada, me remití a cuando estuviéramos todos. Lidia me miraba con espanto.

Al estar juntos en la mesa, durante la comida, les solté la bomba.

-Papá, mamá… – Empecé muy serio. – Después de tantos años fuera de casa, ya sabéis por qué, Lidia ha descubierto, mejor dicho, ha reconocido que tiene los mismos sentimientos que yo. Estuvimos hablando ayer por la tarde mucho tiempo; hemos llegado a la conclusión de que, si nos queremos tanto, igual que os queréis vosotros, sin haberlo buscado nunca, vamos a vivir juntos como pareja. Ya sé que aquí, en Madrid, será muy difícil, por la familia, las amistades y todo eso. Pero no vamos a cambiar de opinión. – Dije con toda la seguridad de la que fui capaz.

Curiosamente, nuestros padres nos miraron con cariño y comprensión.

-Nos lo imaginábamos Luis, sólo era cuestión de tiempo que Lidia se decidiera. Ya sabíamos que estaba tan enamorada de ti como tú de ella, lo notamos en cuanto te fuiste y no digamos la segunda vez. No quisimos decirte nada porque era cuestión de ella y, además, tampoco nos hacía excesiva ilusión alentar a nuestros hijos a hacerse pareja. – Me contestó mi madre.

-Por nuestra parte, hace tiempo que nos hicimos a la idea de que esto podía pasar, así que no nos pilla de nuevas. No diremos que nos entusiasme la idea, pero, lo más importante es vuestra felicidad y, si esta pasa porque estéis juntos… Pues eso, que tenéis nuestra bendición. – Continuó mi padre.

Si me pinchan en ese momento, no sangro ni gota, me habían dejado helado y, por la cara, Lidia estaba igual que yo.

Nos abrazamos todos, lloramos, nos reímos… Siempre supe que tenía unos padres comprensivos, pero tanto…

El mismo lunes volví a pedir traslado a la Central en USA y, por suerte, me lo dieron. Un mes después volaba con Lidia hacia nuestra tierra prometida, allí nadie sabía que éramos hermanos, de hecho, a ella ni la conocían. Teníamos los mismos apellidos, como si Lidia se lo hubiera cambiado (lo que aquí es normal al casarse) y así, con veintisiete años, nos establecimos, estando Lidia ya embarazada de un mes ¡Joder qué puntería!

Pasados unos años, difícilmente podíamos comentar lo felices que éramos, teníamos tres hijos, americanitos todos ellos, la mayor de seis años, el mediano de tres y la pequeña de meses, vivíamos totalmente integrados, Lidia daba clases de español en la high school local, yo ya tenía un puesto de responsabilidad con un sueldo más que respetable y nuestros padres, nos visitaban un par de veces al año, por lo menos.

Ahora, con más responsabilidad, tenía que viajar a diferentes sucursales del país, bastante a menudo, para supervisarlas. Normalmente, estaba una semana fuera, de lunes a viernes y, aunque echaba mucho de menos a mi hermana e hijos, éramos capaces de soportarlo perfectamente. Sólo teníamos treinta y cuatro años, todo iba como la seda.

Sin embargo, pasados unos meses, llegué a casa un jueves a mediodía, había terminado mi viaje de inspección antes de lo normal y deseaba volver a ver a los míos. Sabía que los niños aun estarían en el colegio o la guardería, al igual que Lidia, tardarían todavía un rato en llegar.

Entré tranquilamente, dirigiéndome a mi habitación para dejar la maleta y ponerme cómodo. Al ir a abrir la puerta, estaba entornada, me quedé helado, pasmado, traspuesto… Mi queridísima hermana, mi Lidia, el amor de mi vida, estaba en la cama con otro, siendo empalada, moviendo suavemente sus caderas debajo de un fulano que no conocía y soltando de todo por esa boquita.

-Dame más fuerte, cabrón, métemela hasta el fondo, rómpeme la matriz… Ahhh, joder… Sigue, no pares, sigueeee…

-Joder, que golfa eres. Saltándote clases y follando como una puta ¿Qué va a pensar tu marido? Jajajaja. Imagínate que te viera así. – Le soltó el menda que la penetraba.

-Deja a mi marido en paz, ni se imagina nada de esto. Ahhhh, sigue… Es un buenazo, pero viaja demasiado, no me da lo que necesitooooo. Jodeeeerrr. ¡Me corroooo! Lléname, lléname el coño de leche, a ver si me preñas y se lo vuelvo a encasquetar al cornudoooo.

Noté cómo el fulano se corría en el interior de Lidia dando los últimos empujones. Me quedé aún más helado de lo que estaba ¿Qué era eso de volver a encasquetárselo al cornudo?

-Uffff ¡Qué corrida! Jajajaja. ¿Tu marido ha pasado de viajero a cornudo? ¡Qué puta eres! – Dijo el fulano con voz jadeante, apartándose a un lado.

-Déjate de coñas. Pero es la verdad, viaja demasiado y es un cornudo, aunque le quiero muchísimo. ¿Te queda claro? – Le soltó Lidia con algo de mosqueo.

-¿Y no te da cosa engañarle así?

-Bah, aunque sé que me quiere con locura y yo a él, necesito más de lo que me da, con tanto viaje, me tiene bastante desatendida. Mientras no se entere, todos contentos. Él vive feliz y yo también – Se me estaba viniendo el mundo encima. Mi hermana, la que yo creía totalmente enamorada de mí, con lo que habíamos tenido que pasar para estar juntos… No me entraba en la cabeza, esto me superaba.

_¿No has pensado en que se pueda enterar? ¿Qué harías si pasara? – Siguió preguntando el tío.

-La verdad es que no lo he pensado, no sé qué haría. Le quiero un montón, más de lo que puedas pensar por cosas que no te voy a decir, no vienen a cuento. Si se entera… ¡Buff! Sería tremendo, no lo quiero ni imaginar. Una cosa es ponerle los cuernos, pero sólo es sexo y otra separarme de él, no sé si podría… Pero bueno, prefiero no pensar en ello, aunque que sería bastante duro, como te he dicho, le quiero mucho.

-¡Pues quién lo diría! Le has puesto más cuernos que a una manada de ciervos. Casi me da pena, apenas le conozco, pero siempre me ha perecido un buen tío… Claro que, si puedo follar contigo… Reconozco que eres la hostia en la cama. – Se rio con ganas. – Por cierto ¿desde cuándo le engañas?

-Desde hace un tiempo, casi después de empezar con sus viajes. Si lo pienso ahora, no sé ni por qué lo hice, estaba algo necesitada y creo que me sedujo el riesgo, me ponía súper cachonda. – Dijo con toda la cara. – Antes de que naciera la pequeña, empecé a quedarme sola casi todas las semanas, y después… Ni yo sé si nuestra última hija es suya, ni lo sabrá. En fin, no quiero hablar de esto, mi marido es mío y ya está, yo… Pues eso, yo soy de otra forma, necesito algo más de sexo.

-¿Y no sabes de quién es la niña? – Preguntó curioso.

-No lo tengo claro, en esa época me acosté con varios, entre ellos Luis, claro, pero por las fechas, puede ser cualquiera de ellos. – Dijo con toda la cara.

-¿Has pensado alguna vez si tu marido te engañara? Con tanto viaje…– Siguió con la misma curiosidad. Me daba la sensación de que, a pesar de conocerse, era la primera vez que se acostaban.

-Si me engaña, le mato ¡Mi marido es mío y sólo mío! ¡Le veo con otra y se la corto! ¡Luego le mato! – Soltó Lidia con auténtico cabreo.

-¡Qué hija de puta eres! ¿Tú te acuestas con todo lo que se mueve y él te tiene que guardar fidelidad? Un poco cabrona ¿No? – Le dijo el tío con recochineo.

-No me toques los ovarios ¿Quieres? Soy así y no hay más que hablar. Al que le guste, bien, al que no, que se joda. Es mi vida y hago con ella lo que me sale del coño ¿Vale? Y a mi marido, ni tocarlo – Parecía cada vez más enfadada con este tema. Yo, cada vez estaba peor viendo la caradura que tenía mi hermana. Desde luego, no pensaba dejarlo así.

Había grabado con el móvil todo lo que había visto, me retiré con cuidado de la puerta de mi habitación, llevándome la maleta. Salí de casa en silencio, me metí en el coche y conduje sin rumbo fijo durante un rato. Al final, me fui a mi oficina, a mi despacho. Aproveché para cerrar las dietas del viaje y para descargarme el vídeo en el ordenador. Ni sé las veces que lo pasé, una y otra vez, no me entraba en la cabeza lo que había descubierto, lo que me había pasado…

Copié ese vídeo en un pendrive, edité alguno de los fotogramas, aquellos en que mejor se veía la follada de mi ¿mujer? Ya ni la podía llamar así, desgraciadamente, hermana sería toda la vida. Mandé a la impresora los que mejor se veían, los que no dejaban lugar a dudas y los guardé en el maletín de mi portátil. No sé por qué lo hice, no se los pensaba enseñar a nadie…

Después de pensar un rato, a la única conclusión que llegué es que tenía que separarme de Lidia, no podía seguir con ella después de lo que había visto y oído, seguía sin entrarme en la cabeza todo esto, de verdad que me superaba, decía que me quería, pero me engañaba con cualquiera. Llevábamos varios años en este país, habíamos tenido hijos, iba a decir que tres, pero míos, sólo dos seguros, por lo que había dicho mi hermana.

Ya lo había hecho más veces, cada vez que había tenido un problema con ella. Me moví en Recursos Humanos viendo las posibilidades de traslado para alguien de mi nivel… Realmente pocas, pero había una que me venía como anillo al dedo. Se necesitaba un supervisor para las fábricas que teníamos en China y, a pesar de no saber el idioma ni nada sobre ese país, presenté mi candidatura.

Esa noche dormí en un hotel de una población cercana y, a la hora prevista, como cada vez que viajaba, me presenté en mi casa. Ya estaban los niños y mi hermana esperándome, me recibieron con alegría y a mí se me escapaban las lágrimas al abrazarles, al acercarse Lidia, tuve que hacer de tripas corazón para poder siquiera sonreír ¡Estaba guapísima! Su alegría por verme parecía sincera… Pero yo sabía lo que sabía, era un putón que me llevaba engañando desde hacía tiempo.

No dije absolutamente nada de mi posible traslado, todos los días que pasé en casa fueron una tortura, no podía hacer el amor con Lidia, se me llevaban lo demonios e incluso, el estar delante de ella se me hacía tremendamente difícil sin que se notara nada. Aun así, mi hermana me preguntó un par de veces si me ocurría algo… Con cinismo, tuve que decirle que no, que solo estaba estresado por mi trabajo.

Ver a mis hijos, me producía un nudo en el estómago y la garganta, también con la pequeña a pesar de no saber si era mía.

No tardaron mucho en la empresa en darme el traslado, apenas una semana, no había muchos que quisieran ir voluntariamente al extranjero por un periodo de tres años mínimo. Sólo comuniqué que iría solo, mi familia se quedaba allí. Extrañados, no me dijeron nada en contra.

Ese domingo hice la maleta como siempre que me iba de viaje, lo que nadie sabía es que llevaba otra mucho más grande que tenía escondida en el maletero del coche. El día de mi marcha, aduciendo que tenía tiempo por salir el avión más tarde, me despedí de los niños y, con mucho esfuerzo, de Lidia, cuando se fueron al colegio y guardería. Al quedarme solo, metí una copia del vídeo de la infidelidad de mi hermana que había grabado, en un sobre, junto con una carta en la que intenté explicar mi decisión.

Mi muy querida Lidia:

Cuando leas estas líneas estaré lejos, bastante más lejos de lo habitual. La verdad es que me está costando mucho escribir esto y, aunque quizás no lo merezcas, quiero darte una explicación.

Recuerda cómo me fui de casa por estar enamorado de ti, cómo me pasé seis años fuera, estudiando y trabajando como un cabrón para tener un porvenir e intentar olvidarte. Luego nos reencontramos y… Te comportaste como una zorra, según tú para darme celos. Me tuve que volver a marchar debido a esa actitud, siempre te dije que eso no me ponía celoso, sólo me cabreaba porque me parecías una hija de puta, más cuando sabías lo que sentía por ti.

A mi regreso, me cuentas que tú también me quieres y, enfrentándonos a todos y a todo, nos vinimos aquí para intentar ser felices tú y yo, como un auténtico matrimonio. Por fin creí que lo éramos, teníamos buenos trabajos, una casa preciosa y unos hijos estupendos ¿Nos faltaba algo? Yo creo que no, he sido feliz contigo, tanto que no creo que se pueda ser más, pero…

Te has encargado de joderlo, joderlo, pero bien. Si todo lo tuyo fue verdad o mentira, ahora no llego a descifrarlo, me ha quedado claro que me tienes cariño, pero ningún respeto. Después de ver por mí mismo lo que te dejo en el pendrive, sólo pienso que has sido una zorra con todas las letras, que por mucho que digas, te importo un pimiento como hombre y, después de todo lo que he pasado para poder estar juntos, se me ha caído el mundo encima, no soy capaz de superarlo. Por eso, me voy, pero me voy para siempre. Lo siento por los niños, no me atrevo a decir nuestros hijos porque, por lo menos uno, según tú, ni sabes si lo es. Los echaré de menos como no te haces idea, pero sé que sabrás contarles cualquier milonga y embaucarles, tal y como has estado haciendo conmigo.

Desgraciadamente, no puedo soportar esto y no pienso enfrentarte, como te he dicho, ya me fui más veces por ti, una más no creo que importe. También creo que te sentirás liberada, visto lo visto, ya que viajo demasiado y no te he dado lo que, según tú, necesitabas; es mejor que desaparezca de tu vida antes de hacer una burrada. No entenderé por qué, si me considerabas así, no hablaste conmigo y me pediste más ¡Me moría por dártelo! Pero veía que tú no solías estar por la labor, tanto dolor de cabeza me tenía que haber hecho sospechar, pero ¿Cómo dudar de tu propia hermana? ¿No podías haber cortado esto ante de empezar? ¿No podías haber evitado hacerme tanto daño? Nunca te obligué a nada, ni siquiera a quererme, eso salió de ti. Si nunca fui bastante para lo que necesitabas ¿Por qué te viniste conmigo? No creo que lo llegue a entender jamás.

En fin, Lidia, hasta nunca, no sé si alguna vez superaré tu traición, sólo lo intentaré.

No sé si decir “con cariño”, no creo que deje, a pesar de todo, de quererte. Hasta nunca o hasta que los dioses crucen nuestros caminos.

Tu hermano,

Luis

Dejé el sobre encima de la mesilla de su lado de nuestra habitación, salí de casa, dejé mi coche en el garaje y me fui al aeropuerto en un taxi que había llamado. Tenía el corazón roto, destrozado, seguía sin entrarme en la cabeza cómo Lidia se había comportado así, se escapaba a mi entendimiento.

Casi ni recuerdo el vuelo y la llegada a Shanghái, base de nuestra oficina en China, Me establecí en un chalecito que la empresa me había alquilado, tenía servicio y, lo más importante, un traductor.

Poco a poco, me fui haciendo a mi nueva vida, a nuevas costumbres que me costó llegar a entender, pero tenía que aceptar.

Poquito tiempo después recibí un correo de Recursos Humanos de la central, donde había estado trabajando, diciéndome que mi esposa había preguntado por mí, parecía alterada, pero no habían querido decirle nada concreto por si teníamos alguna diputa doméstica, no querían perjudicarme.

Les contesté que, en efecto, teníamos problemas debido al viaje y que, a no ser que hubiera alguna reclamación judicial, no quería que supiera exactamente dónde estaba destinado ahora. Lo malo de esto es que, la mayoría de nuestros amigos eran de la empresa y, finalmente, acabó descubriendo que estaba aquí.

Me escribió muchos correos electrónicos una vez averiguó mi dirección de email, los fui almacenando en una carpeta personal sin llegar a leer ninguno. Según llegaban a la bandeja de entrada, inmediatamente iban a parar a esta carpeta especial. También me escribió mi hija mayor a la que leí con emoción, me decía que me echaban de menos, preguntaba cuándo iba a volver…

Así durante año y medio largo. Después, poco a poco se hizo el silencio, nadie de casa me escribía, me encontraba como cuando me fui la primera vez de mi casa y, como entonces, escribía a mis padres sin mencionar a mi hermana para nada, nunca quise contarles su infidelidad, no sabía cómo podían reaccionar.

Pasados los tres primeros años, tuve opción a prorrogarlo otro más que, por supuesto, acepté. Así que, finalmente, estuve cuatro largos años solo, en un país diferente y únicamente al final, era capaz de hablar y entender algo. Si dura fue mi primera marcha, esta fue mucho peor. Tampoco tuve ninguna aventura, ninguna amante, como si fuera célibe. Era tanto mi dolor que no tuve ni ganas ni necesidad.

Acabado mi trabajo, felicitado por los gerifaltes de la central, me vi camino de la misma, tras un vuelo largo y pesado. No aparecí por la casa que había compartido con mi hermana, ni siquiera sabía si seguía allí o se había trasladado a otro sitio, tampoco sabía de mis hijos. En fin, sólo que seguía pasando parte de mi nómina a nuestra cuenta conjunta, no iba a desatenderles, por lo demás, nada.

En la empresa me recibieron estupendamente, nuevo despacho, nuevo puesto… Laboralmente no me podía quejar de nada. Me instalé provisionalmente en un hotelito pequeño de la misma localidad. No me atreví a preguntar a ningún conocido por la situación de mi familia ni nadie comentó nada. Sólo me acercaba, con un coche nuevo, el anterior lo había dejado allí, pasando por la calle, dando vueltas a la manzna, intentando ver algo… Así, día tras día.

En uno de ellos… ¡Joder! Había niños en el jardín trasero, jugaban, eran una niña de unos cinco años y un niño de unos ocho… Me paré enfrente de la calle observando, salió otra niña algo mayor, 10 años o así… De pronto la vi asomándose por la puerta del jardín, Lidia pegó un grito llamando a sus hijos ¡Dios mío! Seguía preciosa, por lo menos a esa distancia… Ya habíamos cumplido treinta y ocho años, la flor de la vida, la flor para ella, para mí, las espinas. Por una vez, decidí dejar de escaparme, de trasladarme cada vez que algo me iba mal o yo no era capaz de soportar… Necesitaba ver a los críos y, aunque me pesara, verla a ella.

Con un nudo en el estómago, di la vuelta a la manzana, me bajé del coche, crucé la calle, pasé al jardín delantero y llamé al timbre de la entrada. Una preciosa niña de 10 años me abrió la puerta ¿Tendría yo el mismo aspecto de cuatro años atrás? ¿Me reconocería?

-Hola – me dijo la cría mirándome con curiosidad, como evaluándome. – Me parece que le conozco ¿Qué quiere?

-Hola preciosa– Dije – ¿Está tu mamá?

-Mamáaaa, hay un señor en la puerta que pregunta por tíii. – Gritó hacia el interior de la casa.

De fondo, oí la voz de mi hermana

-Pregúntale qué quiere, estoy poniendo la cena – A gritos

-Dile que tu papá está aquí y quiere verla ¿Vale? – Me acojoné un poco al decirlo.

-Dice que mi pa…. ¿Papá? ¿Eres tú? ¡PAPÄ! – Me saltó al cuello llenándome la cara de besos – Papá, papá, has vuelto, has venido… Papá ¡Cuánto te quiero! Creía que tú no nos querías, que te habías marchado para siempre… – Seguía comiéndome a besos toda la cara.

De pronto apareció

-Laura ¿Se puede saber que pa…? ¡Luis! ¡Joder! – Cayó al suelo de rodillas y estalló en lágrimas tapándose la cara con las manos. – Luis, Luis… ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido? – Seguía llorando a moco tendido.

No sabía si apiadarme, si ponerme de mala leche… Vaya recibimiento de mi hermana ¿Se habría casado? ¿Estaría con alguien? ¿Que qué hago aquí? Después de lo que vi aquel día, follando a destajo, tenerla delante de mí me producía un dolor inmenso.

-¿Tienes otro papá? – Le pregunté a mi hija para hacerme una idea de a qué enfrentarme. Aparecieron también mis otros hijos que, viendo cómo me trataba su hermana, llamándome papá, enseguida supieron quién era, comiéndome a besos igual que ella.

-Noooo –Contestó la mayor – mamá no sale casi nunca y sólo vienen sus amigas a veces a casa… No tenemos más papá que tú. Y no queremos a otro papá. ¿Te vas a quedar, verdad? No queremos que te vayas otra vez, mamá llora mucho cuando habla de ti…

Me alegré interiormente, por lo menos, mis hijos seguían siendo míos, no los tenía que compartir. Con respecto a mi hermana… Aparte de dolor, no sé qué sentía, tenía claro que la quería, pero su traición tampoco se me iba de la cabeza. Ella seguía arrodillada en el suelo llorando, apenas se atrevía a mirarme a la cara, no sabía qué hacer.

Dejé a los niños en el suelo, con sentimientos encontrados me acerqué a ella, me quedé de pie delante, mirándola fijamente…

-Hola Lidia – Dije simplemente, con voz neutra, sin demostrar emoción.

-Luis, Luis… ¿Por qué has venido? No sé qué decirte… Ahora, al verte, sólo te puedo pedir perdón, una y otra vez, perdón… Soy una imbécil, siempre lo he sido, ni siquiera sé por qué te hice eso, por qué tanto daño, tanto dolor… – Me decía llorando a lágrima viva – No lo merezco, pero yo te lo pido, siempre has sido lo más importante para mí. Cuando vi el vídeo, cuando me di cuenta de lo que habías visto, mi vida se acabó, más cuando supe que te habías ido, ido para siempre. Cuando te perdí, fue cuando de verdad fui consciente de lo que te amaba, más que a mí misma, más que a nada…

-¡Pues quién lo diría! – Contesté con enfado -Lo que hiciste, lo que oí, no fueron palabras de amor. Verte follar con otro, enterarme de que llevabas tiempo haciéndolo con cualquiera, de que quizás la pequeña no fuera mía… ¿A eso llamas amor? ¿Fidelidad? ¡Joder Lidia! ¿Cómo quieres que me enfrente a eso? Yo sí te demostré un amor a prueba de todo y de todos, aguanté tus tonterías con un montón de tíos en mi propia casa… Te dije en su momento que fuiste una hija de puta, sabiendo lo que sabías que sentía por ti y tú portándote como una golfa ¡Me tuve que ir otra vez, Lidia! ¡Me tuve que ir! ¿Y qué me encontré al volver? Más de lo mismo. Luego tu cambio, tu declaración de amor… Te quería tanto que, todo lo anterior me dio igual, hablé con los papás para que lo aceptaran… Aquí era por fin feliz contigo ¿Y tú? Evidentemente no, dejaste muy claro que te faltaba algo que yo no te daba ¿Qué dijiste? Ah, sí, que viajaba demasiado… Que te gustaba el riesgo… Que no te daba lo que necesitabas… ¿Ha cambiado algo de eso? Es lo que me pregunto, si yo, para ti, soy suficiente y créeme que lo dudo.

Lidia lloraba con más fuerza y a mí se me caía el alma el verla así ¿Por qué no podía odiarla? Me había amargado la vida, aunque… ¿Era yo también culpable? ¿La había desatendido? … ¡No! ¡Decididamente no! En cuanto estuvimos juntos, me desviví por ella, lo era todo para mí y, si hay algo que nunca he entendido, es la infidelidad por unos polvos, por una polla más grande, por el riesgo, el sexo por sexo…Si te enamoras de otro, vale, qué le vas a hacer, quiere decir que, para tu pareja, hay alguien mejor que tú.

Me había pasado media vida sin una mujer sólo por ella, incluso durante mi estancia en China fui totalmente fiel…

¿La podía perdonar? No lo sabía, el recuerdo de sus infidelidades era muy doloroso, si sólo hubiera sido una vez, quizás, pero me había engañado durante bastante tiempo… ¡Dios!

-Mira Lidia, no sé ni por qué he venido a casa, necesitaba ver a los niños ¿Pero a ti? Me duele mirarte, me duele quererte… ¿Cómo te podría perdonar? ¿Cuánto tiempo de engaños, Lidia? Ni siquiera sé cuánto tiempo, mínimo un año… Eso no se olvida, ni siquiera cuatro años fuera me han hecho olvidar nada. No te odio, no te desprecio, ya sabes por qué, siempre estarás unida a mí por un vínculo indisoluble. Pero perdonar… Creo que me pides demasiado. – Según hablaba, iba intentando aclarar sentimientos.

-Luis, te juro que, desde que te fuiste, desde que vi el vídeo que me dejaste, desde que leí tu carta, jamás he vuelto a estar con nadie, ningún hombre ha estado conmigo, nunca. No quiero ni imaginar lo que sentiste, por mucho que piense, no soy capaz de hacerme una idea de lo que supuso para ti. Durante estos años he intentado imaginarte con otras, te he imaginado casándote, con otros hijos, otra familia… Casi me muero de pena, de dolor, de celos… Pero yo sólo lo imaginaba, no lo vi como tú. He estado a punto de quitarme la vida por desesperación, sólo los niños lo han evitado, no podía hacerles eso. – Calló durante un momento, mirándome a los ojos.

– Quiero decirte otra cosa, aunque quizás a estas alturas ya no importe, nuestra hija pequeña también es tuya, lo comprobé, me equivoqué al creer que era de otro. Esto no arregla nada, nada de lo que te he dicho soluciona lo que hice, ni lo justifica. Sólo sé que te quiero, que te amo más que a nada… – En ningún momento había dejado de llorar.

-Lo que no acierto a entender es el por qué ¿Por qué lo hiciste? Si tanto dices que me quieres ¿por qué? – Mandé a los críos al jardín – Ahora que no están los niños, puedes hablar sin problemas. – Le animé.

-¿La verdad? – Dijo Lidia – En el fondo es lo que dije, el riesgo, lo prohibido, aunque entre nosotros, esto suene a coña. Te quería tanto, éramos tan felices que me dio miedo ¡Somos hermanos! Si, por lo que sea, te gusta otra, te podrías casar con ella, conmigo no, aunque aquí todo el mundo crea que somos matrimonio.

-¿Y por miedo a ser hermanos te acostaste con otros? ¿Durante tanto tiempo? ¡Venga ya, Lidia! No me tomes por idiota – Respondí con mosqueo.

Lidia arreció en el llanto, no sé ni cómo tenía tanta lágrima.

-Pues es cierto, Luis, era como si no tuviera derecho a ser feliz contigo, aunque nadie supiera nada de quienes éramos… El acostarme con otros acallaba mi conciencia, consideraba lo nuestro como una infidelidad más, una infidelidad a nuestros padres, a la sociedad, no sé explicártelo mejor. Me sentía como una zorra por acostarme contigo, así me demostraba que, siendo más zorra aún, lo nuestro no era tan malo.

-¿Te das cuenta de lo que dices? No tiene ni pies ni cabeza ¿Te sentías culpable por ser feliz conmigo? ¿Por eso el acostarte con cualquiera? ¿Para acallar tu conciencia? Si es así, tienes un serio problema de conciencia ¿Qué quieres que haga yo? ¿Qué quieres de mí? – Sus explicaciones me desbordaban, me parecían de lo más absurdo, no podía ser eso. -Lidia, lo que me estás contando me parece una estupidez, ni de casualidad me trago eso. Pienso que siempre has sido un poco golfa, te acostabas con un montón de tíos cuando vivías en Madrid, al venir aquí conmigo, creo que te empezó a faltar algo, te faltaba el andar de tío en tío y, en cuanto pudiste, volviste a las andadas. Eso es lo que creo. – Le dije serio.

-Luis, de verdad, no te miento… Puede que algo de razón tengas, que siempre me ha gustado ir con muchos tíos… Pero en este caso, no era eso, y no era que no te quisiera, sólo que fui una gilipollas. Lo que más siento es el daño que te he hecho, eso no me lo perdonaré nunca. Te quiero, te quiero con toda mi alma y, si me lo permites, si te quedas con nosotros, te lo demostraré día a día hasta que me muera. Me ha hecho falta perderte para darme cuenta de la realidad de mis sentimientos y problemas de conciencia… Ahora me parecen tan absurdos… Si no quieres saber nada más de mí, lo entenderé, me moriré de pena, pero lo entenderé. Lo que no me podrás quitar nunca es el ser tu hermana, una hermana que te quiere, te quiere como hermana y como hombre, aunque ahora te resulte muy difícil de creer. – Ya no sabía ni de donde le salían tantas lágrimas, en ningún momento había dejado de llorar.

La levanté del suelo y me senté con ella en un sofá del cuarto de estar, la acurruqué contra mí, muchos sentimientos encontrados hacían que mi mente fuera un caos… Intentó besarme y aparté la boca, lloró más aún…

-Déjame pensar en todo esto, Lidia, todo ha sido muy fuerte, tengo un torbellino en la cabeza que no me deja pensar con claridad… Sabes que te quiero, siempre te he querido, pero tu traición… Pesa mucho, Lidia, pesa y duele mucho. Probablemente nunca sepa por qué lo hiciste, por mucho que me cuentes…

-Sí, mi amor, te dejo que pienses, te dejo que hagas lo que quieras… Pero no me dejes por favor. Otra vez sería demasiado para mí. Llevo cuatro años sin un hombre en mi cama, ni mujer, no pienses mal. Te lo diré mil veces si hace falta, cuando te fuiste, fui consciente de lo que sentía y siento por ti, eres lo único que me importa, sin ti, no tengo nada, estoy vacía, llevo sin nada cuatro años y así seguiré si te vas.

Seguí acurrucándola y consolándola, realmente no me apetecía hacerlo, pero era lo que el cuerpo me pedía ¡Cuántos años echándola de menos! ¡Cuántos, amargado por ella! ¡Cuánto dolor sufrido!

-Si supieras lo que me hiciste, Lidia, no tendrías valor ni para hablarme.

-Lo sé, Luis, lo sé. Sé lo que te hice, me lo has demostrado yéndote estos cuatro años, sé que tengo mucha cara, pero es por amor, por el amor que, durante este tiempo, sé que siento por ti. También te amaba antes, pero cuando te fuiste a China, ya no hubo nadie más. Nunca he amado a otro, cuando me acostaba con otros, era sexo, placer físico… ¡me he dado cuenta de lo poco que importa eso si no se ama! Sin amor, sin tu amor, el sexo ese era vacío, entonces no me di cuenta de que era porque tú estabas a mi lado. Aunque follara con otros, al final estabas tú para darme todo el amor del mundo… Al faltar, todo dejó de tener sentido. – Dijo entre sollozos.

-Y si me quedo en casa ¿Cómo sé que no volverías a las andadas? ¿Cómo sé que me serías fiel?

-Porque te quiero con locura, más que a mí misma y, si me dejas hacerlo, te demostraré día a día ese amor. Porque todo lo que hice fue por estúpida, por no entender lo que suponía nuestro amor, lo que hiciste por mí, por tener miedo a ser tan feliz contigo. He tenido cuatro años para reflexionar y darme cuenta de todo esto, te juro que jamás volveré a dudar. Además, están nuestros hijos, hijos nacidos del amor, todos. Me hubiera dolido muchísimo que la pequeña fuera de otro hombre, con ninguno tuve el menor sentimiento. Me debo a ellos y me debo a ti, a las personas que amo. Aunque te pida perdón, sé que no me lo merezco, sólo te pido una oportunidad, la última, de demostrarte que puedo llegar a ser digna de ti. Sólo te pido eso.

El que estaba a punto de llorar era yo, tenía un nudo en la garganta tremendo, mi corazón me decía que la diera esa oportunidad, la cabeza… Eso era otra cosa, superar lo que vi… Tenía que hacer el esfuerzo, tres criaturas dependían de la decisión que tomara y ellos no eran culpables de nada.

-De acuerdo, Lidia, te daré la oportunidad que me pides, sobre todo por nuestros hijos, pero sabe Dios que me va a costar muchísimo más de lo que puedas creer. – Dije por fin

Mi hermana se revolvió en mi regazo, levantó la cara y me besó con una pasión desconocida para mí, me dejé llevar, tenía tantas ganas de ella que casi dolía, junto con bastante reparo, su traición…

Se levantó con una sonrisa en la boca y los ojos anegados, tiró de mí dirigiéndose a ¿nuestra? habitación, cerramos la puerta para tener intimidad… No tardó nada en desnudarme, en acariciarme el pecho, la espalda, finalmente la polla… Mi erección era imponente y mi deseo por ella, feroz.

Tampoco tardé mucho en tenerla desnuda ante mí, su cuerpo aún joven seguía siendo un canto a la lujuria, era preciosa… Sus pechos estaban algo caídos, pero poco, quizás más pequeños tras tres lactancias… Para mí, más bonitos si cabe. El culo, la cintura, las piernas… Desde mi punto de vista, todo perfecto. Nos tumbamos en la cama devorándonos los labios, jugando con las lenguas…

Me besó la cara, el cuello, el pecho, los pezones… Estaba desatada, toda ella pasión, deseo, amor… Poco a poco, a pesar de mis reticencias iniciales, me iba encendiendo con un fuego que me abrasaba, que me hacía desearla como siempre, como jamás había deseado a ninguna otra mujer… Y cuatro años de celibato se notaban.

Se introdujo mi miembro en la boca, apenas hasta la mitad, no entraba más. Hizo un pequeño mete-saca con ella, me lamió el glande y todo el semen acumulado se descargó en el interior de su garganta, en ningún momento se la sacó, me dejó para el arrastre, llevaba demasiado tiempo sin tener un orgasmo en condiciones, sin un orgasmo con una mujer, con mi mujer…

Sobreponiéndome, la tumbé boca arriba en la cama, la besé, mordisqueé y lamí de la cabeza a los pies para llegar, al cabo de un ratito, al centro de su placer. Tuve que serenarme un poco, iba aceleradísimo… Besé el interior de sus muslos, me fui acercando a la entrada de su vagina, mi lengua se deleitó con su estrecho esfínter durante varios minutos, Lida suspiraba con placer, fui dando suaves mordiscos a su perineo, lamí y mordí sus labios externos…

Con delicadeza lamí su vulva, horadé su entrada haciendo círculos con mi lengua. Dos dedos de mi mano entraron en su interior, con suavidad, delicadeza… Froté con ellos sus paredes vaginales, esponjosas, acogedoras… En pocos minutos su punto G se notaba en la parte superior, no sabía si me iba a salir bien, si recordaría cómo hacerlo…

Froté con algo de intensidad dicho punto, de delante a atrás, a la vez, sujeté con los labios su nódulo de placer, con mucha saliva para evitar irritárselo… Una vez noté cómo gemía más alto, cómo levantaba el culo de la cama, apliqué una suave succión al clítoris, tocándolo a la vez con la lengua y siguiendo con la danza de dedos en su interior.

Lidia logró un orgasmo escandaloso, bestial, increíble, todas las terminaciones nerviosas de su pequeño botón, fueron estimuladas a la vez, tanto por mi lengua, en su parte externa, como por mis dedos en la parte interna que forma ese punto G.

Besándola con cariño la cara, el cuello, las orejas, fui dejando que se relajara de ese tremendo estallido de placer. Me incorporé encima, miré su cara, sus ojos en los que descubrí su cariño, su amor… Me miraba arrebolada…

Aproveché entonces para, encajando mi glande en la entrada de su feminidad, dejarme ir en su interior hasta llegar al cuello de su matiz, apretando un poco, haciéndola algo de daño. Sólo hizo un gesto de sorpresa y algo de molestia, sin embargo, no se quejó.

-Eres el único que siempre llega hasta ahí. – Me dijo -. No sé cómo fui tan gilipollas de permitir que otros entraran dentro de mí sabiendo que eras el único que tenía derecho. Perdóname Luis, perdóname por dar a otros lo que sólo era tuyo, nunca debí hacerlo, no tendré vida suficiente para arrepentirme, para compensarte, para darte todo lo que te quiero dar…

-Te quiero, Lidia, a pesar de todo, te quiero, jamás podré dejar de hacerlo. Y, por favor, no me vuelvas a hablar de otros, no lo quiero oír, no quiero saber qué sentías con ellos… Sólo quiero que me quieras, aunque sea una pequeña parte de lo que te quiero a ti.

– Te querré igual o más que tú a mí, te lo demostraré día a día, nunca habrá nadie que no seas tú, ahora, toda mi vida y mi amor te pertenecen en exclusiva y, si no te fías de mí, puedes hacer lo que quieras, con quien quieras, jamás oirás una queja, un reproche… Sólo espero que llegue un día en que pueda restañar todo el daño que te hice, el dolor que te causé, en ser digna de ti.

Poco a poco, nuestra danza de caderas se fue incrementando, haciendo imposible cualquier diálogo, sólo suspiros del placer que sentíamos llenaban la habitación. En no mucho tiempo Lidia se movía debajo de mí como una posesa, daba pequeños quejidos mezclados con jadeos… Se corrió otra vez como una burra, llegué a pensar en cuál de los dos estaba más necesitado.

Sin decirle nada, cambió de postura, se puso a cuatro patas ofreciéndome todo. No sabía muy bien qué hacer, nunca había practicado sexo anal, no sabía si es lo que quería… Embadurnando dos dejos con saliva y su propio flujo, los introduje, con mucha delicadeza y suavidad por su entrada trasera, a la vez, me dejé ir en el interior de su coño hasta hacer tope, sin apretar. Lidia jadeó mucho más fuerte, empezó a mover ese culito divino acompañando a mis dedos que, poco a poco lo iban dilatando.

-Con cuidado Luis, jamás lo he hecho…

Saqué con cuidado los dedos, si era virgen por esa entrada, no pensaba que le resultara agradable a estas alturas, no quería aprovecharme, más con mi inexperiencia… Volvió la cabeza, me miró con más cariño aún.

-Luis, por favor, sigue, con cuidado, pero sigue. Deseo darte lo único que no he dado a nadie, deseo ser tuya por completo, necesito que lo hagas, que lo hagas por nosotros, por mí…

-Nunca he hecho esto con nadie, Lidia, no tengo experiencia y tampoco lo necesito para sentirte mía, siempre has sido mi único amor y poquitas veces he estado con otra mujer desde que me enamoré de ti, nunca después de ti.

-Por eso lo necesito, mi amor, mi queridísimo Luis, mi único hermano. Yo sí lo necesito, es un principio de expiación, sentirme tuya en todos los sentidos, por favor, no me lo niegues. Te quiero tanto… Te he echado tanto de menos… Me arrepiento tanto del daño que te hice… En serio, Luis, lo necesito.

Bueno, en fin, como no podía ser de otra manera, claudiqué. ¿Quién tendría a quién si lo hacía? No me sentía utilizado, pero iba a hacer algo que me daba bastante reparo por las condiciones que se daban. Antes de ponerme en faena, fui al baño de nuestra habitación, como esperaba había un bote de aceite corporal que rápidamente cogí.

Volví junto a mi hermana, antes de hacer nada le introduje mi polla en el coño con toda suavidad, Lidia gimió de placer… Embadurné su entrada con el aceite, volví a introducirle dos dedos y durante mucho tiempo, echando aceite con frecuencia, intenté dilatarle el esfínter todo lo que pude.

Le follaba el coño y le dilataba el culo, todo despacito, con suavidad, con amor… Con la otra mano, también llenos los dedos de aceite, frotaba su pequeño botón, también su tripa, sus pechos, sus pezones… Mi hermana daba grititos de placer, cada vez más fuertes, más seguidos… Antes de introducirle un tercer dedo como quería, se volvió a correr como una burra, a punto estuvo de caer de panza en la cama, apenas se sostenía…

-Luis, hazlo ya, por favor, no aguanto más, me estás matando a orgasmos…

Metí ese tercer dedo que, con el aceite, entró también con suavidad, Lidia se volvió a correr, ahora parecía que encadenaba orgasmos uno tras otro. Antes de que desfalleciera por completo, me unté bien la polla, la apoyé en su entrada y, poco a poco, con la mayor delicadeza y suavidad que pude, milímetro a milímetro, entré en su interior.

Vi cómo lidia apretaba los dientes durante el proceso, pero ninguna queja salió de sus labios, tampoco dejé de machacar su clítoris, de meterle un par de dedos en su vagina frotando sus paredes, de intentar que la experiencia fuera lo mejor posible.

A pesar de ir aguantando mi entrada sin decir nada, tuvo un par de orgasmos producidos por mis dedos, esto me permitió avanzar hasta el fondo, hasta que mis huevos se estamparon contra su perineo.

Mi hermana, al sentirse totalmente empalada y yo permanecer quieto, soltó un larguísimo gemido de placer. Permanecimos parados más de cinco minutos, el tiempo que Lidia tardó en empezar a moverse a la vez que lubricaba más su entrada y mi miembro.

Poco después me pedía que me moviera, que la enculara, que disfrutara de ella como ella disfrutaba de mí, que me saciara hasta dejarla muerta… Con el culo lleno, la vagina y clítoris atendidos por mis dedos, empezó a dejar de suspirar y gritar para dar auténticos berridos de placer, creo que entró en un estado de cuasi inconsciencia y yo estaba también en otro mundo, notaba cada contracción de su esfínter, cada contracción de su vagina, cada orgasmo…

Ya ni sé el tiempo que estuvimos así, todo el que tardé en correrme y, creedme, que estuve un buen rato dale que te pego. Cuando dejé mi simiente en el interior de su coño, no quería hacerlo en su culo, no me preguntéis por qué, se me fue media vida por la polla, me apoyé en su espalda haciendo que mi hermana cayera totalmente desmadejada sobre la cama, casi desmayada, yo intentaba recuperar el resuello como podía, estaba muerto.

Con dificultad, sacando mi miembro de su interior, me tumbé en la cama de lado, acariciando la espalda sudada de Lidia mientras ella tardó aún un poco en volver en sí. Tanto o más muerta que yo, nos miramos a los ojos durante mucho tiempo, en silencio… Me acarició la cara, me besó suavemente los labios, beso que devolví con la misma suavidad.

-Después de esto – Dijo – me siento aún más gilipollas, nadie ha sido capaz de darme lo que me has dado ahora, tanto amor, tanto placer… Me he sentido más mujer que nunca, me he sentido tuya, te he sentido mío y eso hace que lo que hice, me haga sentir la peor persona del mundo, porque te lo hice a ti, a lo que más quiero. No me debes perdonar porque no merezco tu perdón, pero… ¿Me dejarás seguir a tu lado? Por favor, Luis, déjame amarte sólo a ti, te juro que lo necesito, tu cariño fue mi sustento en su día, lo de hoy ha sido todavía más. Jamás llegué a imaginar sentir tanto, querer tanto.

Simplemente la volví a besar, me sentía tan cercano a ella como ella decía sentirse ahora a mí, pero… ¡No! No me iba a dejar llevar por el dolor, la rabia, los celos… Había sentido su amor, su entrega y no por lo del culo, eso era lo de menos. Quería darle la oportunidad que me pedía, me moría por ello y, para eso, debía dejar todos los fantasmas atrás, aunque se me derritiera el cerebro.

Después de ducharnos, volvernos a amar bajo el agua y vestirnos, bajamos a la cocina a ver qué hacían los niños, los habíamos dejado solos sin vigilancia. Menos mal que Laura, la mayor, controló a los otros dos sin problemas, cuando aparecimos nos miraban sonrientes, tenían a sus papás en casa y se les veía contentos y felices.

A pesar de que Lidia se portó y cumplió lo que dijo, yo tardé un poco más en conseguir que las cosas fueran como antes, creo que no se me notaba, pero por dentro llevaba una auténtica procesión. El amor que me demostró desde entonces, más el amor de mis hijos, lograron que, poco a poco superara la traición de mi Lidia, aunque nunca la olvidé del todo.

A ello también ayudó su nuevo embarazo, después de tanto tiempo, ella no tomaba nada y yo… Ni se me ocurrió usar un condón con mi hermana, nunca lo había hecho. Ya sabíamos que otra niña venía en camino, serían tres niñas y un niño, gracias a Dios, todos míos. Siempre tuve la duda de si iba a sentir algo diferente por el que mi hermana tuvo sus dudas, pero no, los quiero a todos igual.

La verdad, mereció la pena todo lo que pasamos para llegar hasta aquí, nos fortaleció en nuestro amor y dudo que haya alguna pareja que se quiera tanto como nosotros. Nuestros padres vinieron a ayudarnos para el alumbramiento de la pequeña, adoraban a sus nietos, nos querían con locura a nosotros y una madre siempre necesita de la suya a la hora del parto, parece ley de vida. Ellos se enteraron de todo lo que pasó porque se lo contamos, Lidia se llevó un par de buenas broncas por golfa e inconsciente, pero es su hija y la quieren muchísimo, tanto como queremos nosotros a nuestros hijos.

Después de volver de China, tuve un ascenso y más sueldo, pero, lo más importante, muchos menos viajes. A pesar de lo que me demuestra mi mujer día a día, no hay que tentar al diablo, aunque dudo que volviera a hacer algo parecido. Y más cuando, sin darnos ni cuenta, mi pobre hermana volvió a quedarse embarazada, otra vez, justo después de la cuarentena. Joder, cinco críos, cinco, todavía no sabemos el sexo de lo que viene, pero…

Tras lo que nos ha costado ¡Dios mío! ¡Qué felices somos!


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