Comienza con una petición inocente y una cosa lleva a la otra


-Dame otro, por favor.

– ¿No decías que querías uno solo?

-Uno más, al menos. -Insistió él.

Mi lengua tocó de nuevo su glande y se deslizó suavemente por él. Su mirada se desviaba hacia el blanco techo de puro placer.

-Otro más, te lo suplico. -Sus ruegos me gustaban. Me ponía cachonda pensar que con tan poco pudiera provocarle tanto.

Accedí a un nuevo lametón, no sin antes vacilar un poco, alternando miradas a sus ojos y a su polla. De nuevo se estremeció al contacto con mi lengua. La pasé lentamente, dejando que sintiera todo el calor que mi boca desprendía.

Todo había empezado en el baño, donde mi novio y yo aún nos encontrábamos.

Nos habíamos dado una ducha relajante, y al salir, él me había pedido que lamiera su polla. Yo me había hecho la dura diciéndole que no me apetecía, aunque en realidad era todo lo contrario, pues llevábamos un par de días sin sexo por diversos motivos, y esa ducha relajante, enjabonando nuestros cuerpos mutuamente, me había puesto más que a tono, por lo que accedí en cuanto me lo pidió por segunda vez. Aunque había puesto una condición.

-Solo si tienes las manos a la espalda, que te conozco.

Le encanta “abusar” cuando le hago sexo oral, es decir, darme ligeros golpes con su polla en los labios, o restregarla por ellos, cosa que no me importa en absoluto, es más, me gusta que él domine la situación y en ocasiones, someterme, pero tenía en mente torturarle de placer, y sabía que, si no podía usar las manos, su ansiedad sería mayor.

Estaba realmente cachonda y él ya no necesitaba pedirme nada. Solo tenía que contemplar como mi lengua recorría con suavidad su endurecida polla. Me alejé levemente y escupí sobre ella, para dedicarle una sonrisa lasciva antes de engullir su glande poco a poco. Él cumplía con su parte, sus manos permanecían inmóviles tras su espalda. Las mías tenían tarea. Una, agarrar con fuerza su miembro para torturarlo con la boca. La otra, acariciar sus huevos con toda la delicadeza que me permitía la situación.

Me ponía muy cachonda que viera cómo le masturbaba frente a mi boca, con mi lengua tocando su glande, aunque sabía que le faltaba tiempo para que su leche saliera.

Intenté meterme toda su polla en la boca y por poco lo consigo. Notaba la punta del glande casi en mi garganta, lo que me hizo amagar con emitir una arcada más de una vez, pero logré acostumbrarme a alojar su poderoso miembro en mi boca casi al completo. Agarré su mano, que aun aguardaba obediente y seguro que impacientemente tras su espalda y la coloqué detrás de mi cabeza.

El entendió lo que yo pretendía. Tomó mi pelo con decisión y me obligó a permanecer de esa agobiante forma por un tiempo. Obligar, hermosa palabra según el contexto. Desde luego, en este era excitante. Respiraba por la nariz a duras penas, pues estaba ya muy acelerada. Notaba como mi boca empezaba a quedarse pequeña ante el exceso de saliva que producía. Comenzó a rebosar por las comisuras de los labios. Mientras tanto, me masturbaba el clítoris con celeridad por la tremenda sensación de agobio, que me encantaba.

De pronto, note un leve tirón de su mano en mi pelo y deje que mi cabeza se fuese hacia atrás mientras mi boca liberaba su gran polla. Exhale una gran bocanada de aire para recuperarme. Nos miramos a los ojos, veía su cara algo borrosa, pues los ojos se me habían vuelto vidriosos por el esfuerzo. Después, contemplé de nuevo su miembro empapado en saliva. De nuevo me llevó con su mano hasta tenerla otra vez en mi garganta, así varias veces, sin tregua. Y me ponía a mil por hora cada vez que lo hacía. Entraba, salía, respiraba. Entraba, salía, respiraba. Me encantaba que me poseyera de esa manera, que me sometiera. Cada vez que alejaba su polla de mis labios la escupía con una mezcla de lascivia y desprecio.

-Te gusta, ¿eh, cabrón? -Le dije cuando acabó el vaivén de mi cabeza.

Él no contestaba. Miraba, extasiado, la escena que le estaba dando. No perdía detalle.

Quité con la mano la saliva que me estorbaba y la aproveché para seguir masturbándome. Aunque, con lo mojada que estaba, no necesitaba mucha. Seguí comiéndosela, ahora de forma más dulce, como al principio. Es curioso, lo que había empezado como un juego por un lametón, se había convertido en la mamada más cerda que le había hecho nunca.

La atmósfera estaba envuelta de un calor infernal, pues la puerta del cuarto de baño permanecía cerrada desde que habíamos comenzado a ducharnos y el vapor acumulado casi ya no dejaba vernos las caras.

Ahora era él quien me follaba la boca. Se balanceaba y yo dejaba que entrase y saliera al ritmo que el marcaba. Agarré con mis manos sus potentes muslos, empapados por el sudor. Las subí hasta sus marcados abdominales, también húmedos. Yo también sudaba, y mucho. Era ya la guinda para que todo fuera más fluido y cerdo. Ese intercambio de flujos, en esa situación, me motivaba mucho más. Él se movía tan frenéticamente que en ocasiones su polla resbalaba y se escurría por mis mejillas. Me gustaba notarla tan caliente cuando resbalaba por mi cara.

– ¿Serás capaz de volver a aguantar con las manos tras tu espalda? -Pregunté.

-Me falta poco.

-Por eso.

Le masturbé ante mis labios. Casi no veía su cara, pero sabía que nos mirábamos.

-Córrete, vamos. -le imploraba mientras mi mano, cada vez más cansada, seguía resbalando por su polla con avidez.

Ni cinco segundos habían pasado cuando noté de nuevo su mano izquierda agarrando mi cabello, haciendo que mi cara apuntase hacia la suya; con la derecha retomó el control de su polla y, con su glande rozando mis labios, explotó contra ellos con un fuerte chorro de leche, seguido de otros menos abundantes, entre gemidos. Mi mano jugaba con sus huevos, con suaves caricias con las yemas de los dedos, casi imperceptibles. Con la otra mano me masturbaba frenéticamente ante su muestra de dominio. Tenía la sensación de que me iba a correr yo también de gusto, tenía el clítoris y los labios vaginales muy hinchados.

Cuando acabó, volví a agarrar su miembro y rodeé el glande con los labios, apretando todo lo que pude, para sacarle hasta la última gota. Noté como su cuerpo entero se estremecía. Se levantó sobre las puntas de los pies hasta que despegué mis labios con un sonido hueco.

Me puse por fin de pie. Después de besarnos, me senté en la encimera del baño, pisándola y apoyando mi espalda contra el espejo empañado por el calor. Él supo lo que le tocaba. Mis piernas, flexionadas y abiertas, aguardaban.


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