Ayelén es una ciega muy putita, una mamadora con mucha experiencia, muy especial e inolvidable


Una ciega chancha y putita

Todo comenzó gracias a mi oficio y curiosidad por probar cosas nuevas.

Me llamo Javier, aunque todos me conocen como Lechu. Tengo 25 años, soy fabriquero por imposición y me reconozco como enfermo amante de lugares unders. Tengo una banda de rock, una novia con la que nos prometimos infidelidad de por vida, algunos ahorros, un auto, pocas comidas predilectas y varios discos. Amo el porno amateur, y soy muy fetichista.

Me encanta el sexo sádico, sucio y grupal, pero decidido y sin histerias. Mis amigos saben que la bombachita de la mina que me garche casualmente a la salida del pub o de un boliche se queda conmigo. Pagué locuras por una tanguita usada. Las guardo en una cajonera con el nombre de sus ex propietarias. También saben que si me escabio demás soy capaz de apostarle mi quincena a la flaca que me jure el mejor pete de la historia. Una de ellas se quedó con mi sueldo entero una tarde. ¡cómo se la tragaba esa loquita!

El tema es que, gracias a mi primo me enteré que en La Ternerita, un bulo camuflado de mi ciudad, había una nena especial. Nunca me quiso decir si se la cogió. Cada vez que le preguntaba por ella solo decía que tenía que ir y conocerla, pero que sea prudente.

Así que un sábado la incertidumbre me ganó, y tras suspender un asado con los muchachos me di una ducha ligera y fui al bulo. Apenas me senté excitado en el mostrador pedí una Quilmes bien fría y, entonces la vi. Morocha, pelo corto atado, muy menudita y petiza, con un culo espectacular y dos ricos pechitos. La traían de la mano dos trolas del lugar mientras le decían algo por lo bajo. Ahí me di cuenta que Ayelén era ciega, con una carita angelical, y una sonrisa pequeña como su boca.

Sabía por chismes de la gente que había tenido experiencias, que los ciegos, tanto hombres como mujeres son muy apasionados, culeadores y perversos. Eso me comía las neuronas. Así que fui en busca de un poco de acción para saldar mis dos meses sin ponerla.

La agarré de una mano y me la llevé a una pieza. Ella se dejaba hacer, tímida y sin hablar. La fui desvistiendo, pero me frené al descubrir un fuerte aroma que me hizo vibrar. Observé mejor y vi que tenía la bombacha meada. Me sorprendí, pero aún así la verga se me paró mucho más, y peor cuando balbuceó:

¡por favor, no le digas al dueño que me mojé un poquito… aunque, creo que hay algunos hombres que les gusta eso!

No sabía qué decir, ni cómo pedirle que me la chupe. No era que le tuviese compasión. Al fin y al cabo es una putita más. Pero la veía tan inocente, y encima ciega, con la bombacha mojada, que por un segundo pensé en abandonarla.

Pero, apenas se la acerqué a la cara, ella me preguntó si quería que le pase la lenguita, y comenzó a encender mi calentura lamiendo suave y lentamente mis huevos. Creí que no era buena mamadora. Hasta que la puse en cuatro sobre la cama, y mientras yo jugaba con el elástico de su calzón ella se adueñaba de mi pene con el encanto de su boca estrecha, su garganta cómplice y su vocecita apretada, de la que disfrutaba cada vez que la dejaba decir algo. Me enternecía su forma porque, no era guarra para expresarse. Decía cosas como:

¡te gusta, me vas a comer toda la vagina después?, quiero que me hagas el amor y me huelas toda!

Pronto la pibita se había convertido en una experta tiragoma. Me la escupía sin precisión y se la comía casi toda cuando yo presionaba su cabeza en mi pubis, y deseaba que se atragante entera ni bien la oí pedirme perdón por un par de eructos que no pudo contener.

Seguido de eso reía para no detener la terrible chupada de bolas que me regaló, apurando mi leche con la pajeadita que su manito le hacía a mi pija. Pero yo quería saborearla también. Así que me entusiasmé cuando susurró:

¡querés saber cómo huele una quinceañera bebé?!

La tumbé boca arriba y, tras separarle las piernas con determinación, besarle las rodillas y escuchar su gemidito constante le chupé bien la concha. ¡estaba re caliente la nena, super mojada, y la tenía peludita, sabrosa y con un olor a chiquita miedosa que me volvía loco! Me atormentaba su acento diciendo:

¡así, oleme toda, quiero más besitos, vos sos muy bueno conmigo, oleme la vagina que te voy a hechizar!

No le faltaba razón, ya que pronto mi lengua recorría todos los rincones de su conchita sedienta, cosa a la que no axcedía fácilmente, mientras ella me pajeaba con las dos manos y me la escupía, puesto que yo estaba arrodillado a su lado, atesorando su aroma y su sabor a hembra hasta con mis orejas.

Al fin sucumbieron los leones de mi sangre y le enchastré toda la cara de semen.

Mi tiempo había concluido. Sin embargo, esa no fue la última vez que la visité, y menos después del chuponazo que nos dimos al salir de la pieza.

La próxima pagué el doble y me quedé más tiempo con ella. Fue otro sábado lluvioso, después de la cena. Llegué y pedí por Ayelén, además de una nueva cerveza. Me la trajeron las mismas guachas de antes, y la nena se sentó en mi falda con mi ayuda. Lucía menos risueña.

No aguanté el soborno de su colita contra mi chota al palo y comencé a chuparle las tetas, además de pajearla por adentro del jean y darle cerveza para luego beberla de sus labios. En cuanto el gordo y la Beti, que son los dueños del bar, nos miraron mal nos fuimos a la habitación.

Entramos, prendí la luz mientras ella decía que le fascina que le hagan chocarse las cosas, la desvestí apurado y la puse en cuatro en el piso diciéndole que hoy no seré tan tierno como la vez anterior. La cieguita no me dejaba en paz ni en los sueños!

Enseguida tomé su cara en mis manos, le abrí la boca con los dedos y se la encajé para que me la chupe. Se la refregué en las tetas, y hasta intenté cogerle la naricita. La hice oler toda su ropa mientras seguía ordeñándome la chaucha, y cuando fue el turno de su bombacha dijo:

¡quiero todo tu semen adentro de mi vagina, soy una sucia!, y se la calcé largo rato cerca de su glotis para moverme lento con bombeos sutiles, mientras le lagrimeaban los ojitos de oscuridad y lujuria.

Olió y lamió mis huevos, y cuando su saliva tocó mi orto le pedí que por favor me pajee y me chupe el culo. Lo hizo con pocas ganas, pero me llevó a la gloria con su lengua caliente y glotona deslizándose por mi zanja, y con su aliento ardiendo en mis vellos.

Quise devolverle atenciones, por lo que de repente la volteé en la cama boca abajo con un almohadón bajo su pancita, le chupé el culito entre chirlos con mis manos y sus chatitas, las refregadas de mi pija hasta por entre sus cabellos y sus grititos alentándome a seguir enrojeciendo esas manzanitas rimbombantes. Dijo que todavía no entregaba la cola, y creí que podía perforársela en un solo golpe, justo cuando había apoyado mi glande en la entrada de su ano.

Pero me compadecí de su edad, y me dispuse a besarla, olerla, manosearla y a pajearme entre sus tetas luego de pedirle que se las escupa. Hasta que quiso que le muerda la cola, pues, siempre amó que su padrastro se lo hiciera cuando era niña. Lo hice, pero pronto estaba subido a su cuerpo declarándole la guerra a su conchita empapada con mi verga cada vez más profunda, creciente y lechosa.

En un momento, mientras gemía como perra en celo, dijo en mi oído que tenía ganas de hacer pis. Sentí que los huevos se me hinchaban el doble, y que la pija se me endurecía como para quebrarse al medio. le di masa con mayor velocidad, hasta que tuve unas ganas de acabar tremendas. Se la saqué y reventé mi lechazo irrefrenable en sus gomas.

La nena me la lamió con su boquita agitada, y no bien terminó me empujó sin más sobre la cama, y se me sentó en la cara para que se la chupe repitiendo:

¡dale, comeme toda que soy tu perrita!

Con esa autoridad la pija se me volvió a parar como antes. Quiso que le abra las nalgas, que le roce el culito con un dedo y que me pajee, hasta que comenzó a hacerse pichí. Nunca pensé que fuera capaz de mearse así en mi pecho! Me fascinó que su aguita resbalara por mi piel, que me pida perdón entre pucheritos y suspiros, que muerda mis dedos luego de meterlos en su conchita y que se frote contra mi mentón, hasta que ella misma se acomodó solita y lubricada arriba de mi pija para hundirla en su sexo y, ahora dejar a mi instinto que la mueva, la coja bien rápido y duro teniéndole las piernitas, mientras ella gemía mordiendo mi calzoncillo y diciendo:

¡dame más, quiero la leche, quiero mucho pito!, y me insitaba a pegarle en la cola.

Esa vez le acabé bien adentro de su vulva, como lo deseaba.¡dios, qué pendeja más chancha y putita!

Aquel sábado le regalé dos chocolates y un osito de peluche.

Encontré en esa cieguita una nena para cumplir mis más prohibidas fantasías. Aunque, luego de varias visitas me sentí un poco confundido. Creí que podía enamorarme de ella, y entonces estuve un tiempo sin verla. Pero, las 8 bombachitas que guardaba con su olor a perrita alzada me llevaron poco a poco a sus encantos.

Volví a la carga por esa mocosita, porque no podía parar de pajearme con sus recuerdos. Tenía miedo de que ya no esté allí. Pero la diosa del pete me esperaba, más sumisa y mimosa que antes.

Ya les contaré más de Ayelén y yo. Lo cierto es que, hoy no me jode invertir todos mis ahorros en esa guacha calentona que sabe jugar tan bien! fin


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